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Ciencia

Trump y la amenaza nuclear

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Trump y la amenaza nuclear

Pere Puigdomènech

La comunidad científica debe aceptar su responsabilidad en la carrera armamentística, que los pactos frenaron

La denuncia de uno de los tratados de control de armas nucleares nos acerca a la amenaza nuclear. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que denunciará el tratado sobre armas nucleares intermedias firmado en 1987 entre EEUU y la Unión Soviética. Su argumento es que Rusia no lo está cumpliendo y que Estados Unidos debe desarrollar otras nuevas. Es posible que tenga razón en algún punto, pero todo lo que nos lleve a una nueva carrera en la producción de armas nucleares es una mala noticia.

Las armas nucleares son la peor amenaza que tiene la población humana en el planeta. La carrera de armamento que se desencadenó a partir de mediados del siglo pasado llevó a diferentes países a hacer pruebas de explosiones nucleares y adquirir miles de bombas dispuestas a atacar al enemigo potencial a partir de cohetes, submarinos o aviones. La capacidad de destrucción llegó a un nivel tal que su uso quizá habría implicado el fin de la población humana allí donde fuera en el planeta. Era una situación tan absurda y terrorífica que se fueron firmando diferentes tratados de limitación de armas y el número de bombas en la actualidad es muy inferior al que había hace 30 o 40 años.

El programa Manhattan

La comunidad científica tiene que aceptar su responsabilidad en esta situación. Es bien conocido que una famosa carta de los físicos Albert Einstein Leo Szilárd en agosto de 1939 dirigida al presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt fue el inicio del programa Manhattan que acabó resultando en la construcción de las primeras bombas atómicas. Einstein y Szilárd estaban preocupados por la posibilidad de que el régimen nazi, apoyado sobre la importante investigación alemana en física, acabaran produciendo la bomba. Varias razones impidieron la construcción de una bomba atómica nazi, pero la bomba americana se fabricó y pese a las presiones de los científicos, algunos de los cuales abandonaron el proyecto Manhattan, la bomba se utilizó dos veces en Japón.

Terminada la guerra mundial, el movimiento antinuclear se extendió entre la población y entre grupos relevantes de científicos, pero no evitó que se produjera una carrera de armamentos nucleares entre Estados Unidos y la Unión Soviética seguidos por el Reino Unido y Francia. Países como China, India, Pakistán, Israel y, últimamente, Corea del Norte siguieron el mismo camino aumentando el peligro de una proliferación de las armas nucleares que podría crear una situación de riesgo importante en el mundo. Desde entonces ha habido más de 2.000 pruebas de armas nucleares y hasta el año 1980 algunas se hicieron en la atmósfera. Según las organizaciones contrarias a ellas, puede haber actualmente en el mundo unas 15.000 armas nucleares, de las que Estados Unidos y Rusia tienen 1.800 en estado de alerta.

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El número de armas nucleares ha ido disminuyendo desde los acuerdos de limitación de armas nucleares de los años 80, pero su número todavía representa un peligro muy grande tanto para las posibles poblaciones atacadas como para la población humana en su conjunto. Una explosión atómica implica lanzar a la atmósfera una gran cantidad de material radiactivo que tiene efectos importantes sobre la salud de la gente en todo el mundo. Si un accidente relativamente limitado como el de Chernóbil llegó a afectar a un número importante de personas en toda Europa, el lanzamiento de bombas sería de proporciones mucho mayores. Las palabras de los actuales dirigentes de Estados Unidos y de Rusia indican que estas armas se utilizarían con el propósito de crear grandes niveles de destrucción y sabemos que estos efectos no se pueden limitar en el espacio y pueden mantenerse en el ambiente durante mucho tiempo.

La utilización de armas de destrucción masiva como son las armas nucleares no tiene sentido en un mundo que proclama los objetivos de paz que todos los países han firmado en las convenciones de las Naciones Unidas. No hay ninguna manera de utilizarlas como herramienta de defensa, son solo herramientas de destrucción del enemigo. Es cierto que los efectos que produjeron las dos bombas lanzadas contra Japón en 1945 han sido un motivo esencial para la disuasión de su uso. Los últimos 30 años varias convenciones han evitado la proliferación de estas armas y han propiciado la disminución de su número. Habría que ir hacia una abolición total de estas armas y no dar pasos atrás en su control. Es posible que los actuales tratados puedan ser mejorados, pero denuncias unilaterales, como se ha visto, solo llevan a aumentar los niveles de agresividad y en temas como este no se puede jugar de ninguna manera.