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AL CIERRE

Solari y Lucas Vázquez, en el partido de Copa Melilla-Madrid.

AFP

La Copa que viene

Axel Torres

Eliminar la doble vuelta en las rondas de dieciseisavos y octavos no debería ser la única modificación que se aplique al torneo.

Esta semana visité Melilla. No recuerdo haber asistido recientemente a un acontecimiento futbolístico que paralizara una ciudad de forma tan transversal y que alterara de manera tan extrema su rutina, y he estado en finales de Champions, de Mundial y de Eurocopa. El partido debería pasar a la historia no por el debut de Santiago Hernán Solari ni por la primera titularidad de Vinicius: más bien porque representó mejor que ningún otro lo que tiene que ser la Copa. La confluencia en un mismo torneo del fútbol amateur y semiprofesional con el de los súperclubes y las grandes marcas globales. Poner en el mapa del balón a ciudades que sólo ven a las estrellas por la televisión. Acercar a gente nueva el placer de ver en vivo a los mejores.

Nos han prometido que la Copa se jugará a partido único hasta cuartos de final a partir de la próxima temporada. Ojalá sea cierto, pero, por encima de todo, ojalá no sea esa la única novedad que presente el formato del torneo. De hecho, la supresión de los encuentros de vuelta en las rondas de dieciseisavos y octavos permitiría introducir dos eliminatorias más sin tener que agregar fechas nuevas al calendario.

O sea, permitir el acceso a muchísimos más clubes que los que ahora tienen derecho a jugar las previas. La gran diferencia entre los torneos coperos de los países que mejor los cuidan y aquellos que los reservan para la élite es precisamente la apertura a todo el fútbol federado. Que cualquier entidad, por pequeña que sea, sepa que si supera varios turnos puede alimentar el sueño de enfrentarse a los clubes profesionales. Acercarse a esa utopía, que es una realidad en Inglaterra o en Francia, es hoy más posible. La reforma de la competición debe servir para ampliar el número de participantes y no sólo para reducir partidos.

La Copa, al fin y al cabo, es el torneo de la Federación. O sea, del órgano rector del fútbol nacional, del que debe priorizar, sobre todo, su buen funcionamiento general. Si los criterios comerciales son más entendibles en una organización como La Liga -que no deja de ser la patronal-, la Federación no tiene esa necesidad de proyectarse hacia fuera sino hacia dentro. No debe vender un producto al exterior: debe mantener sanos a sus afiliados y procurar que la relación entre ellos sea lo más armónica que se pueda.

Más Melillas

No es una cuestión menor. El futuro del fútbol se va a librar en los próximos años en una batalla muy trascendente que puede eliminar del mapa al 90% de los clubes profesionales. En esa lucha, las federaciones -nacionales y continentales- deben ser los máximos valedores de lo que ha sido desde su fundación la esencia de este deporte: un juego amplio, abierto, relacionado socialmente con las comunidades en las que se practica. Que cada año haya unos cuantos Melillas que vivan experiencias como la que se vivió en la Ciudad Autónoma el pasado miércoles es una batalla más dentro de la partida de ajedrez en la que se dirime el destino global de este fenómeno de masas cada vez más elitista.