01 nov 2020

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ANÁLISIS

Florentino Pérez presenta a Julen Lopetegui en el Barnabéu, el 14 de junio del 2018.

Esplendor en la yerba

Antonio Bigatà

El verdadero culpable, Florentino, sabe que lo es, sabe que los demás lo saben, pero ha tomado la decisión de echarle la culpa a otro por no estar a la altura. Es un enésimo disimulo  de su absoluta responsabilidad. Es un gran profesional. Sabe. Sabe cómo hay que matar cuando se viste un traje gris. Sabe cómo se tiene que mirar hacia adelante para que aunque los demás vean que debajo de la americana lleva un delantal manchado de sangre no se lo digan.

Hizo su master negociando mucho con Arabia Saudita. Por no reconocer, ni siquiera reconoce públicamente que se equivocó cuando contrató a Lopetegui. En su momento tampoco reconoció que el precio pagado por ficharle, rajar de arriba abajo a la selección cuando iba a empezar el Mundial, era excesivo. Si hubiese hecho eso un catalán posiblemente habría puesto en circulación la idea de que era un gesto antiespañol. Sabe, hay que reconocerlo. Conoce mejor a este país que todos sus adversarios juntos. Aquí puede llegar a tener que pedir perdón por sus errores un rey o reconocer que ha tomado mal una decisión el presidente del Tribunal supremo, pero él no.

Desamor y traición

La historia del rápido desamor y traición entre Florentino y Lopetegui es tan llamativa como aquellas viejas películas del gordo y el flaco en las que el uno humillaba continuamente al otro mientras la gente aplaudía frenéticamente. Lopetegui era un buen empleado, bajaba bien la cabeza, pero no siempre una casa es un hogar y el jefe empezó a mirarle mal. Cristiano, más listo que él, en cuanto había visto antes ese tipo de mirada se había ido, mientras Zidane tuvo el reflejo de escapar cuando comprobó que se ponía las otras gafas.

Pero lo de Lopetegui fue un calvario porque él, consciente de lo que habían hecho juntos el último verano, pensaba que aún le amaban cuando ya nadie le quería. El domingo pasado hubo un rato en que sus jugadores intentaron empatar el partido y tal vez pensó que lo hacían por él, pobrecito. Si se fijaron bien, las cuatro veces que Bale tocó la pelota no estaba nada claro si chutaba a un balón o a una cabeza que ya rodaba por allí. Se ha confirmado después: lo han dejado caer sin derramar una lágrima y lo único que les preocupa es si lo sustituirá un pegón. En aquellos 20 minutos de incertidumbre los jugadores del Real corrían mucho porque les habían telefoneado desde los respectivos consejos de administración de sus compañías alertándoles de que Florentino, enfadado, igual no tomaba sólo decisiones en relación al entrenador.

 Vaya pareja teníamos en el Bernabéu. Hace bastantes años una película inolvidable nos enseñó la crudeza del agotamiento del amor. Al final de 'Esplendor en la hierba' una hermosísima Natalie Wood quiere saber qué fue unos cuantos años después del hombre que tanto había querido, viajó en coche y se encontró a un granjero desaliñado, vencido por la vida, cargado de hijos y acompañado de una esposa vulgar.

Tal vez dentro de 15 años un coche similar llegue a otra granja. "¿Qué nos pasó?" preguntará a su antiguo compañero de verano el rico y trajeado conductor. Y existe la posibilidad de que entonces Florentino clave pausadamente la horca en el montón de bóñigas de caballo que esté rastrillando y diga por fin: "Tal vez me equivoqué, tal vez lo hice mal, tal vez tengo que pedirte perdón". Si es en el cine podría suceder.