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El 'caso Khashoggi'

Los intocables de Bin Salman

FRANCINA CORTÉS

Los intocables de Bin Salman

Sonia Andolz

Al régimen saudí se le perdona todo, como un niño mimado al que se le permite cualquier travesura

Arabia Saudí goza de un estatus especial en las relaciones internacionales. La monarquía wahabí es receptora de simpatías, complicidad e incluso pleitesía de infinidad de estados democráticos a pesar de su nulo respeto a los derechos humanos, al derecho internacional o incluso a las costumbres diplomáticas. Esto es así desde al menos la década de los 50 del siglo pasado, cuando el entonces rey saudí se alió con el presidente Roosevelt y empezó a usar las reservas de petróleo como carta negociadora. Los saudís hicieron saber que veían con malos ojos el avance de asentamientos en tierra palestina, pero que no entrarían en una guerra contra los aliados de sus aliados norteamericanos y europeos. Mucho ha cambiado esa Europa desde entonces, pero poco o nada su relación con Riad.

La Europa actual, que habla a través de la Unión Europea pero también de los jefes de Estado y gobierno de cada uno de sus miembros, no alza la voz de forma contundente cuando se trata de los saudís. Como un niño travieso y mimado al que se le permite cualquier travesura, al régimen saudí se le perdona todo: puede aplicar la versión más estricta del islam, dictar pena de muerte a homosexuales, impedir que las mujeres conduzcan (solo pueden hacerlo desde hace pocos meses), perseguir la libertad de expresión y castigar la crítica con latigazos o incluso apoyar bombardeos contra población civil yemení durante años. Pocos discursos oficiales leerán condenando al régimen de forma dura y clara.

Una clara línea roja

Ahora bien, el 'caso Khashoggi' ha sorprendido incluso a quienes ya conocemos el trato especial que recibe el Estado saudí. El periodista, que nunca se ha posicionado contra la monarquía o el régimen saudís en sí, sino contra sus formas de hacerse obedecer, desapareció al entrar en eln consulado en Turquía. Es un hecho de extrema gravedad, una clara línea roja en muchos aspectos y sorprende (sí, una sigue teniendo cierta inocencia naíf y esperando unos mínimos de los llamados estados democráticos) que la respuesta no haya sido más contundente. Imaginen por un momento que un periodista crítico con el régimen de Nicolás Maduro hubiese desaparecido en la embajada venezolana en Madrid. O que se perdiese el rastro de un intelectual argelino en su embajada en París. O que Assange desapareciese de forma sospechosa al presentarse en la embajada australiana en Berlín. La diplomacia europea habría puesto el grito en el cielo. Pero quien ha desaparecido es un ciudadano saudí y lo ha hecho en su consulado en Turquía así que Occidente si habla, lo hace apretando los labios. La desaparición y todas las sospechas que están aún por confirmar vulneran varios principios internacionales.

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En primer lugar, perseguir o amenazar a un periodista crítico atenta contra las libertades de prensa y de expresión, inexistentes en el país saudí pero existentes en los sistemas de la mayoría de sus aliados. Segundo, torturar, raptar o asesinar a un ciudadano propio en un consulado en país ajeno, vulnera la cortesía diplomática, basada en la confianza mutua y en el respeto al derecho del lugar en cuestión y/o internacional. Tercero, no aceptar la investigación, entorpecerla, evitar aceptar responsabilidades y después acusar a los otros países de 'histéricos' por su reacción ante el 'caso Khashogg'i es una muestra clara del desdén con que siguen viendo los derechos y garantías básicos aplicados en otros países – y fíjense que Turquía no es ahora mismo un adalid de respeto a los derechos individuales y colectivos – como algo occidental, ajeno y que pueden simplemente obviar.

No nos engañamos, hay muchos lugares en el mundo en los que se mata y persigue a la oposición o a los sectores críticos. También hay democracias iliberales con formas poco democráticas de gestionar la disidencia interna. Normalmente, lo hacen en territorio propio, haciendo más fácil a los países democráticos obviar el problema, aludiendo al principio de soberanía nacional y no injerencia. Cuando lo hacen fuera de sus fronteras, se abre un conflicto diplomático como ha ocurrido con las sospechas británicas británicas sobre el envenenamiento del exespía ruso Skripal en Reino Unido, seguidas por la retirada de embajadores entre ambos países.

Contratos multimillonarios

En cambio, mientras Ankara investiga lo ocurrido a Khashoggi, los gobiernos europeos parecen pedir cautela, no sea que se acuse a Riad en vano y perdamos más contratos multimillonarios. Mohamed bin Salman, el príncipe heredero a quien muchos llaman el rey de facto, puede seguir tranquilo comportándose como el 'enfant terrible' que parece. Sus colaboradores, los intocables que hacen el trabajo sucio por él, continuarán siendo personas inexistentes para la mayoría de países. Personajes que se mueven en la sombra y obedecen órdenes. Bin Salman lo sabe y respira tranquilo. Si hace alguna barbaridad más, el talonario de Riad pagará

Temas: Arabia Saudí