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Consumo sofisticado

Cosas simples

Cosas simples

Rosa Ribas

Actividades cotidianas, que antes podía hacer sin pensar, ahora se me están sofisticando en exceso, por ejemplo, tomarme una cerveza o un café

Desde hace ya un tiempo tengo la sensación de que actividades cotidianas, que antes podía hacer sin pensar, ahora se me están sofisticando en exceso, por ejemplo, tomarme una cerveza o un café. Siempre me han gustado más la cerveza que el vino y el café más que el té. A la preferencia por el sabor, se le añadía que eran gustos más fáciles de complacer.

La vida ya es bastante complicada, por eso es fantástico que haya cosas simples y poco pretenciosas, como es tomarse una cerveza en un local. O lo era. Pides una caña mientras los que bebían vino reflexionan con el dedo subiendo y bajando por las páginas de la carta. Y les puede pasar que, a pesar de ese largo proceso de decisión, la cosa salga mal. Ahora soy yo la que en muchos locales también se encuentra enfrentada a una extensa carta de variedades de cerveza, con liricas descripciones de sus cualidades y sabores. Suena todo muy bien, pero yo solo quiero una cerveza, rubia, fresca y con su espuma. Así de simple. Si intento esquivar la carta y pido directamente una cerveza rubia me preguntan si la prefiero más afrutada, más amarga, o con un fondo de flores. Las tres opciones me parecen fantásticas, mientras esté fresca y tenga espuma. Toca, pues, decidir. ¿Y si me equivoco como les pasa a los de los vinos?

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Lo mismo sucede con el café. Siempre lo consideré una bebida caliente superior al té porque no tenías que escoger entre decenas de tipos ni necesitabas un relojito para medir el tiempo. Esta mañana, en la cafetería en la que suelo trabajar, el dueño me ha preguntado si quería probar una nueva variedad de café más achocolatada, pero que, si lo prefería, también tenía una más afrutada, aunque ya se ha dado cuenta de que a mí me va más la primera porque, se ha fijado en que el café me gusta menos ácido. No tenía la menor idea, pero si él lo dice tendrá razón. He probado el café con el puntito achocolatado y estaba muy bueno; también lo está el de todos los días. Pero, aunque trate de resistirme y no quiera entrar en el juego, mañana dudaré entre pedir el de siempre o el achocolatado. Se acabó la edad de la inocencia cafetera. No hay vuelta atrás.

Temas: Bares