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El clásico

Los jugadores del Barça celebran el tercer gol al Madrid, de Suárez.

Pasión, presión, posesión

Jordi Puntí

Mientras veía a Messi haciendo de canguro en la grada, no pude evitar imaginar qué más podría haber pasado con el argentino en el césped

Llevábamos media hora y dos goles del clásico, y de pronto me acordé de una frase que decía el vecino de Marilyn Monroe en esa película llamada 'La tentación vive arriba': “Algunos hombres tiene los pies planos, otros tiene caspa, y a mi me domina una imaginación espantosa”. En su caso la imaginación se traducía en un sinfín de pensamientos libidinosos hacia su vecina ingenua y simpática; en el mío, ayer, mi imaginación me tentó enseguida con la posibilidad de una goleada, una manita -cinco, ¿por qué no?-, una tarde-noche de ensueño, una merienda de goles que quizá significaría -perdón por la metáfora luctuosa- el último clavo en el ataúd del pobre Lopetegui.

Era una sensación ya vivida en otros momentos, cuando la superioridad física y mental de los jugadores del Barça sobre el Real Madrid es tan apabullante que se concreta en ese triángulo feliz: pasión, presión y posesión. Según contaban en la radio los analistas, la posesión que el Barça dominaba desde el primer momento se había traducido, por fin, en una jugada que había durado un minuto y 35 segundos, con 27 pases hasta el disparo final de Coutinho.

Un enorme rondo para crear un gol en el que habían participado todos los jugadores menos Suárez, aunque en realidad Suárez había contribuido en ausencia, creando los espacios necesarios. Este control venía acompañado de una presión alta cuando se perdía el balón, tan bien ejecutada que incomodaba a los jugadores del Real Madrid y los dejaba vendidos a su suerte... En cuanto a la pasión, sí, estaba ahí, pero faltaba un poco de tensión que la activara. Quizá se echaba de menos la amenaza de Cristiano Ronaldo... Todo parecía fácil y ni siquiera Sergio Ramos daba batalla.

Los miedos del Camp Nou

Al llegar a la media parte, mi imaginación hacía chiribitas con el espectáculo que nos esperaba. Iba tan rápida que me distraía imaginando los titulares que saldrían en la prensa: “El Madrid es un juguete roto”, “Soluciones Florentino”, cosas así. Pero entonces el Madrid salió como si todavía no hubieran cambiado el horario de verano y justo empezara el partido. Jugaban con atrevimiento y hurgaron en los miedos del Camp Nou, donde a veces un 2-0 se ve como la antesala de una debacle y no como la promesa de una goleada. Así que con el 2-1 de Marcelo algunos empezamos a temblar y nos acordamos que esta semana es Halloween y todavía no tenemos disfraz...

Fueron unos 20 minutos de zozobra, casi de miedo, con un poste por banda, y solo cuando Luis Suárez desató la pasión de jugar un clásico comprendí que la goleada no sería un espejismo, ni un delirio, ni una quimera. Su remate en el 3-1, como si tuviera una bota de oro incrustada en la cabeza, y el toque sedoso del 4-1 nos recordaron una vez más esa intensidad tan suya de estar en todas las jugadas, de no dar un balón por perdido.

Luego llegó el quinto de Arturo Vidal, que se apunta a un bombardeo, y mientras veía a Messi que lo celebraba en la grada, haciendo de canguro de su hijo mayor y de los hijos de Luis Suárez, no pude sino imaginarme qué más habría ocurrido de haber estado él sobre el césped. Otra vez será.