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Reforma controvertida

Con el cambio al horario de invierno a las tres de la madrugada volverán a ser las dos.

La utilidad y naturalidad del cambio de hora

José María Martín Olalla

El 'shock' provocado por la Comisión Europea augura años de discusiones fútiles sobre una práctica que funciona razonablemente bien

El hecho de que la luz invernal es débil y efímera mientras que la luz estival es intensa y duradera ha moldeado estacionalmente la actividad humana a nuestra latitud desde que el hombre es hombre. Es una adaptación natural.

En tiempos pasados el hombre se activaba más tempranamente en verano que en invierno siguiendo las estaciones.

En 1810, ya con relojes, las Cortes de Cádiz adelantaban una hora el inicio de sus sesiones en primavera.

Desde 1916 las sociedades modernas adelantan la actividad en primavera, y compensan el retraso que produce naturalmente el invierno, gracias al cambio estacional.

Conviene aclarar qué perderíamos abandonándolo. Si no retrasáramos la hora en otoño los niños entrarían al colegio de noche en invierno. No es razonable a nuestra latitud porque el día invernal dura 9.5 horas. Si no cambiáramos la hora en abril el sol saldría antes de las 6 a.m. durante cautro meses en Barcelona. Los niños entrarían demasiado tarde a las 9 a.m., saldrían demasiado tarde y se expondrían más a la insolación del mediodía. Esto tampoco es razonable a nuestra latitud.

Horarios adecuados en ambas estaciones

Una forma de arreglar estos problemas es tener horarios escolares diferentes en invierno y  verano. Justamente el cambio estacional evita este embrollo. Permite horarios que funcionan bien ambas estaciones y, a la vez, adapta la actividad al ciclo estacional.

Algunos anhelan que la actividad humana se adapte progresivamente a las cambiantes condiciones de luz. Por ejemplo el dictamen del Consejo Asesor para la Reforma Horaria de Catalunya recomienda la hora de invierno permanente porque así las mañanas serán más luminosas, lo que ayudará al adelanto de la actividad humana. El consejo sorbe y sopla porque la razón del cambio primaveral es adelantar la actividad humana. Se trata de que la sociedad moderna se mueve a golpes de una hora. De ahí que esperemos a la primavera para producir este adelanto: así evitamos llevar la actividad a la madrugada. Y este fin de semana retrasamos la hora, y la actividad humana, porque el amanecer ya se está retrasando mucho.

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No puede olvidarse el papel de la latitud. En las regiones tropicales no hay variaciones estacionales. En la zonas polares las variaciones son tan grandes que el problema es inabordable. En Helsinki un niño entra al colegio en la noche invernal porque la luz dura menos de seis horas. Y en verano, cuando la luz dura 19 horas, el problema de la insolación a mediodía no existe. Un niño y un albañil pueden iniciar su jornada mucho después de que amanezca en verano sobre Helsinki. En Lisboa, esto no es tan apetecible.

Es natural que Finlandia quiera eliminar el cambio y que Portugal se apreste a mantenerlo (llevan cien años usándolo). La Comisión Europea se escuda en el mercado interior para proponer una solución única (o todos o ninguno).  Hace mal: debe rectificar y permitir que cada país adopte la solución más conveniente a sus circunstancias geográficas y sociales.

El 'shock' provocado por la Comisión augura años de discusiones fútiles sobre una práctica que funciona razonablemente bien y que solo necesita un retoque: volver a hacer el cambio de otoño a final de septiembre. Los propios miembros empiezan a darse cuenta del suflé y piden más tiempo.

José María Martín Olalla: Físico y profesor titular de la Universidad de Sevilla.