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EL ESCENARIO CATALÁN

Quim Torra, Carles Puigdemont, Toni Comín y Lluís Puig, en Waterloo.

ACN / BLANCA BLAY

El independentismo y Godot

Astrid Barrio

La evolución del proceso soberanista evoca cada vez más a uno de los clásicos del teatro del absurdo. Como en la famosa obra los actores esperan la llegada de algo, en este caso la independencia que de momento no llega pero se muestran convencidos de que mañana llegará. Mientras tanto se van sucediendo actos sin sentido y al final no ocurre nada, esperan a Godot y Godot no llega.   

Esta es justamente la situación en la que se encuentra el independentismo. En las últimas semanas el divorcio entre los distintos sectores se ha hecho más que evidente. Junts per Catalunya y ERC explicitaron su alejamiento a raíz de la suspensión dictada por el juez Pablo Llarena a los diputados encarcelados o en el extranjero, unas discrepancias en la interpretación del acuerdo al que habían llegado que les ha llevado al sinsentido de perder cuatro votos en el Parlament.  El PDECat se niega a disolverse en la Crida Nacional impulsada por Carles Puigdemont que verá la luz el próximo sábado con muchos menos apoyos de los previstos. La CUP, que ya había retirado su apoyo parlamentario, amenaza con boicotear todas las acciones que considere autonomistas y, al igual que la ANC, apuesta por materializar la república. 

Todo ello después de que el 'president' Quim Torra haya amenazado la estabilidad del Gobierno central si este no negocia un referéndum y toma medidas respecto a los presos, al tiempo que apremia a los CDR a apretar en favor de la república, tanto que casi toman el Parlamento de no haber sido por la intervención policial dictada por el propio Govern. El desconcierto es tal que se anuncia un plan de gobierno sin que haya una mayoría parlamentaria para aprobar los presupuestos necesarios para llevarlo a cabo, se tiene noticia de la puesta en marcha de un Fòrum Social y Constituyente al parecer presidido por Lluís Llach y Puigdemont acaba de anunciar el nacimiento del Consell de la República con Toni Comín al frente, cuyo objetivo es el de internacionalizar el conflicto catalán. Mucho movimiento pero la independencia no llega.

Entre tanto, las comisiones bilaterales Estado-Generalitat han vuelto a reunirse después de años de urgencia, y al margen de los presos y de los aspavientos se están logrando acuerdos. Se hace política autonómica que es la que da resultados, no política republicana que es de lo más estéril. Pero al Gobierno catalán le cuesta reconocerlo. Y todavía le cuesta más asumir que, teniendo en cuenta la aritmética parlamentaria en Catalunya y en el conjunto de España, se da un escenario propicio para intercambios a los diversos niveles que favorezcan la gobernabilidad y empezar a hacer políticas. Los partidos soberanistas lo saben, pero todavía son prisioneros de la inútil subasta que ha llevado a la situación actual y ninguno se atreve a dar el primer paso. Al igual que sucede en la última escena de la obra, los protagonistas están de acuerdo en que quieren irse pero al final nadie se mueve.