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LA CLAVE

Don Quijote y los bancos

Don Quijote y los bancos

Luis Mauri

Tras el esperpento judicial sobre los impuestos de las hipotecas, solo puede quedar con vida uno de los dos: el interés de la banca o la credibilidad de la justicia

“Con la iglesia hemos dado, Sancho”. Así escribió Cervantes la frase, con la inicial de iglesia minúscula y con el verbo dar y no topar. Cuatro siglos después, notables cervantistas (Rico, De Riquer…) niegan que el escritor universal pretendiera poner un dardo anticlerical en boca de don Quijote.

Fuera cual fuese la intención de Cervantes, el popular apotegma “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, feliz reformulación de la frase de don Quijote, tiene un significado inequívoco. Es la reverberación ancestral de la impotencia del pueblo ante el poder omnímodo de la Iglesia. El atávico escalofrío ante el aliento de un clero integrista y cruel.

Pese a la perpetuación de algunos privilegios inconcebibles en un Estado aconfesional y democrático, la Iglesia no es ya el martillo de los españoles. Poco tienen que temerle hoy los herejes. Y en cuanto a los creyentes, practican con gusto su condición, no hay más que hablar.

En el tránsito del siglo XVI al XVII, cuando Cervantes escribió su obra cumbre, la Iglesia y su brazo armado, la Inquisición, aterrorizaban al personal. La banca, en cambio, era una actividad ajena a la cultura hegemónica en una España cuyas clases dirigentes (nobles, terratenientes, hidalgos, cortesanos, curas y expoliadores de ultramar) vivían entregadas a la holganza, excepto para guerrear. El negocio financiero florecía en el norte de Italia y el centro de Europa, pero era considerado indigno para un español de buen linaje.

El empeño de la banca

De eso hace 400 años. Quizás vaya siendo hora de actualizar el acervo popular. ¿Es la banca una digna sucesora de la Iglesia en el podio de los azotes del pueblo? Empeño pone, sin duda. Los méritos no son irrelevantes. Después de la estafa de las participaciones preferentes, del fraude de las cláusulas abusivas y de los 40.000 millones del rescate público que nunca devolverán, los bancos desnudan al Tribunal Supremo forzándole a paralizar la sentencia que les endosa el pago del impuesto de los préstamos hipotecarios.

El Supremo debe fijar ahora un criterio definitivo. Pero solo queda sitio para uno de los dos: el interés de la banca o la credibilidad del sistema judicial. Que venga Cervantes y lo vea.