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El conflicto catalán

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en el Parlament

ELISENDA PONS

'Annus horribilis'

Eulàlia Vintró

Ha sido un año de cansancio, de fractura social y de desencanto. Valdría la pena que a la hora de hacer balances económicos, jurídicos, sociales y políticos también se tuvieran en cuenta los sentimientos

El año, largo, que ha transcurrido desde el mes de septiembre de 2017 merece el calificativo que la reina de Inglaterra hizo famoso en 1992 cuando, en medio de otros problemas familiares, fueron de dominio público las desavenencias de la princesa Diana con su marido, Carlos, eterno aspirante a la corona británica.

La simple enumeración de los acontecimientos políticos y sociales que han tenido lugar aquí y ahora no cabría en este artículo y, por otra parte, todo el mundo los tiene bastante presentes. Parece preferible comentar algunos de los sentimientos más o menos colectivos que se pueden percibir en nuestra sociedad.

En primer lugar, y sin que el orden indique prioridad, la sensación de cansancio, de hartazgo, de fatiga por la reiteración de argumentos de los dos sectores en conflicto, los partidarios de la independencia y los que no están de acuerdo, tanto en el ámbito catalán como en el español. Si bien es cierto que el cambio de Gobierno en España, hace unos cien días, ha significado un importante cambio de talante en cuanto al diálogo con Catalunya, también es cierto que desde aquí nuestros cargos institucionales siguen haciendo proclamas independentistas, amenazan con resucitar la unilateralidad y promueven más la movilización permanente que las propuestas realistas, la negociación y el pacto. Y la ciudadanía no ve ni cambios en la realidad política ni ideas nuevas que puedan ayudar a resolver el conflicto. Seguimos dando vueltas a la noria y no percibimos el final.

Fractura ideológica y sentimental

En segundo lugar, el mantenimiento, por no decir el crecimiento o la profundización, de la fractura social entre catalanes y, al mismo tiempo, entre personas que viven en Catalunya y las que lo hacen en el resto de España. Me refiero a una fractura ideológica y sentimental, sin ningún tipo de violencia, ni griterío, al estilo tan catalán de lavar en casa la ropa sucia, pero que no deja de generar malestar, a menudo tristeza y también amargura. Hay temas tabú, conversaciones imposibles y relaciones familiares y de amistad o trabajo deshilachadas o directamente rotas. La recomposición no será fácil ni rápida.

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En tercer y último lugar, desencanto, decepción y una cierta desmoralización. Para las personas que confiaban en las promesas de los dirigentes políticos en el Govern, que se creyeron las sucesivas y modificadas hojas de ruta, que esperaban la construcción de estructuras de Estado y los reconocimientos internacionales, que soñaban con una república catalana autosuficiente, próspera, justa y solidaria, para estas personas el alargamiento del 'procés' y la poca claridad de los objetivos futuros en medio de la división de los partidos independentistas constituye una losa que las manifestaciones aún muy masivas no pueden eliminar. Para quien no compartía estas ilusiones la nula respuesta política del PP fue más que frustrante y la actitud del Gobierno del PSOE un rayo de esperanza que empieza a desvanecerse tanto por otras opiniones dentro de ese partido como por la debilidad objetiva del propio gobierno.

Un año, pues, de cansancio, de fractura social y de desencanto. Valdría la pena que a la hora de hacer balances económicos, jurídicos, sociales y políticos también se tuvieran en cuenta los sentimientos.