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Ventana de socorro

El trabajo con animales y alumnos ayuda a mejorar las habilidades prosociales.

La vejez de los animales

Ángeles González-Sinde

¿Cómo encontrar el equilibrio entre lo que estamos dispuestos a invertir en nuestras mascotas y lo que negamos a nuestros convecinos necesitados?

Spock tiene ataques de epilepsia cada vez más frecuentes. Mingus tiene incontinencia y deja su reguero por toda la casa. Ginger maúlla a horas intempestivas, su reloj interno se ha desacompasado. A Thor cada vez le cuesta más esfuerzo salir a la calle, sus articulaciones le piden estar tumbado y su pelo está lleno de calvas. Sherlock tiene asma y hay que ponerle un inhalador, como si someter a un gato a esa costumbre fuera sencillo. Son nuestros animales mayores. Asistir a su vejez es algo que no calculábamos cuando llegaron a casa cachorritos.

Pienso en ellos cuando leo la noticia del proyecto de ley sobre la muerte digna. Quisiera saber si existen normas similares para tomar decisiones sobre nuestros animales domésticos en su vejez. Serían necesarias, pues cada vez hay más tratamientos médicos disponibles para perros y gatos ancianos. Los veterinarios expenden recetas para paliar sus síndromes y enfermedades crónicas. Desde quimioterapia a cirugía, pasando por la homeopatía veterinaria, son muchas las posibilidades. No lo cubre ninguna Seguridad Social, los costes se pueden disparar y el dueño se siente terriblemente mal si no hace sacrificios para pagarlos. Tal vez calle el dilema moral que se le plantea en su fuero interno: ¿es adecuado gastar tanto dinero en alargar la vida de un animal cuando hay tantas personas en nuestra sociedad que no pueden permitirse, por ejemplo, un tratamiento dental? ¿Y hasta cuándo es razonable alargar?

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Es un tema tabú difícil de hablar en público. Seguramente en el campo estos dilemas no surjan. Los animales y las personas tienen claros sus lugares. Una vaca es valiosa para la familia y se gasta lo que haga falta para que sane, la interdependencia es mutua. Pero en las ciudades modernas, todo se distorsiona. Estamos solos y los animales nos dan el afecto que no recibimos de las personas. Los queremos, nos comprometimos con ellos al traerlos a casa, nos duele pensar en el día que falten. Pero, ¿cómo encontrar el equilibrio entre lo que estamos dispuestos a invertir en ellos y lo que negamos a nuestros convecinos necesitados?