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El presidente de la Generalitat, Quim Torra.

MARTIAL TREZZENI (EFE)

El camino a tomar

Sonia Andolz

La vía más factible requiere a líderes que se atrevan a ser tenidos como traidores ahora, pero como mediadores en el futuro

Recientemente me han preguntado si la situación entre Catalunya y España es excepcional. Si bien las causas u objetivos de los actores no tienen nada de excepcional, sí lo son las acciones que ha habido hasta ahora. Todos los conflictos nacionales tienen una de estas causas: la libertad (o falta de ella), la identidad, un cambio en el 'statu quo' o la supervivencia. En el caso catalán se defiende que se persigue un cambio en el 'statu quo' y, de forma menos mayoritaria, la libertad o la identidad, así que entra dentro de las causas habituales. Ahora bien, que esa lucha política sea dentro de un Estado democrático, que se llegue a retar de forma democrática a los límites de ese Estado y de su control y que este responda de la manera que lo ha hecho, sí es más excepcional.

Para desencallar la situación, e intentar salir de esa excepcionalidad aprendiendo de otros casos, hay tres escenarios posibles. Por un lado, el Estado puede seguir insistiendo en que el suflé independentista bajará y esperar que lo haga mientras de forma desleal usa mecanismos económicos, mediáticos, sociales y jurídicos para dañar al adversario obviando el profundo daño que se hace en la sociedad al hacerlo. Esta vía podría dar resultados visibles a corto o mediano plazo, pero estaría creando una violencia cultural y estructural que en algún momento acabaría explosionando y sería más difícil de curar aún. De igual forma, si el independentismo insiste en la vía unilateral, debe ser consciente del coste que ello tendría y de si su apoyo social es el suficiente para afrontarlo puesto que la violencia a la que se sometería a los ciudadanos (económica, judicial, social) crearía heridas profundas.

La segunda opción es pretender una solución dentro del marco propio. Para el Estado, una solución autonomista que pase solo por renegociar los términos de esa autonomía. Para el independentismo, una independencia absoluta con un referéndum automático, binario y vinculante votado solo por los catalanes. Ambas opciones, aunque legítimas, parecen totalmente improbables a corto plazo y solo posponen el conflicto.

Una solución real

La tercera posibilidad pasa por buscar una solución real. Para ello hay que llegar con generosidad pensando que esta opción quizá no es la óptima para los propios pero sí la más factible. Y también la que daña menos al contrario. En esta vía, se empezaría a discutir el detalle de las soluciones. ¿Deben hacerse varias vueltas de votaciones empezando por decidir si Catalunya debe poder escoger su futuro político de forma autónoma? ¿Cuáles deben ser los porcentajes? ¿Puede marcarse un calendario de pasos a avanzar? Esta vía requiere a líderes valientes que se atrevan a decepcionar a sus apoyos, a ser tenidos como traidores ahora mismo, pero a ser entendidos como mediadores en el futuro. A demostrar visión y responsabilidad, como se ha hecho en otros casos. A probar, en definitiva, que nuestro caso es menos excepcional a nivel internacional de lo que el independentismo quiere creer, pero más excepcional a nivel europeo de lo que el Estado quiere aceptar.