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OPINIÓN

Turistas ante la Sagrada Familia.

EFE / QUIQUE GARCIA

De sagrada a ciudadana

Juli Capella

Hay que agradecer que por fin el ayuntamiento haya dejado de hacer la vista gorda ante la obra, Pasqual Maragall no se atrevió porque su familia estaba en la Junta del Templo

El dicho “eres más lento que la Sagrada Família” parece llegar a su fin. Por un lado, se prevé su finalización en el 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí, y ahora, se anuncia su legalización. El proyecto presentado en 1885 al Ayuntamiento de Sant Martí de Provençals, donde se ubicaba el terreno, jamás obtuvo licencia y la obra siguió su curso contra viento, marea, guerras, incendios y boicots.

Hoy por fin podemos decir que el templo pasa a ser parte de Barcelona, y no solo de la Iglesia católica, que se ha aprovechado de su relación con la política para este limbo. Su destino está ahora compartido con sus vecinos, con sus visitantes y, exagerando un poco, con toda la humanidad, dada su categoría artística. Aunque al principio algunos consideraban que había que demoler esta obra modernista por fea. Beth Galí propuso convertirlo en estación del AVE, y el efímero concejal socialista Daniel Mòdol lo calificó de Mona de Pascua. En los años 60 surgió alguna voz erudita diciendo que la parte original de Gaudí si valía la pena, y que lo mejor sería dejarlo inconcluso. Oriol Bohigas encabezó esta postura a la que se sumaron personalidades como Le Corbusier o Joan Miró. Sin ningún éxito, pues el templo continuó impasible su erección. Y con sorpresas, pues cuando pudo por fin visualizarse su nave central, algunos ilustres firmantes del manifiesto, como Óscar Tusquets, quedaron prendados y recularon, lo explicó en su artículo “¿Cómo pudimos equivocarnos tanto?”

Explicarlo bien

Todo el mundo entiende que una obra tan ambiciosa se demore en el tiempo y sufra cambios de autoría. Pero eso debe explicarse bien al visitante, como sucede en otras catedrales. Cabe recordar que la parte declarada patrimonio mundial por la Unesco afecta tan solo a la fachada del Nacimiento y la Cripta, no al conjunto actual. Y también cabe añadir que si bien la estructura volumétrica y sus espacios interiores moldeados por la luz natural son excepcionales, la mayoría de artes aplicadas en acabados y decoraciones, son de muy desigual nivel. Sin duda por debajo de las contribuciones de Jujol, discípulo de Gaudí, responsable de los mejores aciertos decorativos gaudinianos. Sea como sea hay que agradecer que por fin el ayuntamiento haya dejado de hacer la vista gorda ante la obra, Pasqual Maragall no se atrevió porque su familia estaba en la Junta del Templo. Toda construcción, por muy muy excepcional que sea, debe estar amparada por la ley, pagar impuestos y como sucede con la catedral deportiva de la ciudad, el Barça, contribuir a la urbanización de su entorno (en su caso 112 millones de euros). Así funciona el urbanismo civilizado. Porque quien sufre esas obras son vecinos de la ciudad que también pagan impuestos.

Pero la patata caliente del templo, sin embargo, queda pendiente: la plaza frente a la fachada principal, porque en 1976 Nuñez y Navarro, pasando olímpicamente del Plan General Metropolitano que lo reservaba como zona verde, plantó allí un cacho edificio donde vive gente. Glups.