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dos miradas

Los actores en  Un enemigo del pueblo (Ágora). 

VANESSA RABADE

Es tan considerable el esfuerzo del poder para dinamitar la libertad que a veces consigue que nos injertemos de sus propios métodos

Se está produciendo un fenómeno extraño en el mundo de la reflexión intelectual. Es un asunto de sustitución de parámetros en torno a la ética política. Vivimos en un mundo donde se ejerce, cada día con más intensidad, la dictadura de lo políticamente correcto. Con matices: ¿qué es la corrección? Lo que para algunos es una incorrección radical, una temeridad insoportable, para otros se convierte en las tablas de la ley. Y al revés. Para algunos, blandir la libertad de expresión (como discurso genérico) es un brindis al sol que se apaga cuando entramos en los detalles. Para otros, cualquier duda sobre los límites de esta libertad es una afrenta que no se puede tolerar.

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Digo esto porque la corrección política progresista llega a veces al paroxismo. He asistido a dos obras de teatro en las que me han pedido, como público, la opinión sobre la democracia. En una se me decía que si no estaba dispuesto a votar que los actores dejaran de actuar, en señal de protesta por todo lo que pasa, no protestaba suficientemente contra el poder. En la otra, se me pedía que firmara un papel conforme me atribuía el supuesto delito que hipotéticamente estaban a punto de cometer los actores. En ambos casos había trampa. Comulgar con ruedas de molino: entender un relativo como absoluto. Es tan considerable el esfuerzo del poder para dinamitar la libertad que a veces consigue que nos injertemos de sus propios métodos.