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análisis

Angela Merkel.

EFE / ALEXANDER BECHER

Grandeza y fragilidad alemana

Carlos Carnicero Urabayen

Los democristianos bávaros de la CSU caen diez puntos, aunque quedan primeros y los socialdemócratas se desploman hasta el cuarto puesto, una señal más de que corren el riesgo de caer en la marginalidad del tablero político alemán

El mayor problema que tenía Alemania, hasta hace poco, en esta Europa en crisis, era cómo disimular su abrumador poder sobre el resto, cómo despejar las dudas ante las alertas de algunos sobre su tenebrosa tentación de evocar “una Europa alemana”. En suma, cómo ser un país poderoso pero normal, que quiere defender sus intereses pero cree firmemente en el proyecto europeo como la suma de todos sus miembros. Los problemas actuales de Alemania son distintos.

Con la crisis económica europea en el retrovisor, la distancia se ha reducido con el resto de sus vecinos, pero la posición alemana sigue siendo envidiable: es la indiscutible primera economía de la UE (representa el 21,3% del PIB europeo) y cuenta con un bajísimo desempleo del 3,4%. El problema es que estas cifras no reflejan la creciente fragilidad de su sistema político, con dificultades para producir gobiernos estables y contener la crecida de la extrema derecha.

La gran coalición se está quedando muy pequeña. Recordemos que en las pasadas elecciones del 2017, los democratacristianos de la CDU de Merkel ganaron pero tuvieron sus peores resultados desde la segunda guerra mundial. Incluso peor fue la suerte de sus socios socialdemócratas. Las elecciones celebradas en Baviera confirman esta tendencia: los democristianos bávaros de la CSU caen diez puntos, aunque quedan primeros y los socialdemócratas se desploman hasta el cuarto puesto, una señal más de que corren el riesgo de caer en la marginalidad del tablero político alemán.

Gran coalición

Tras aquellas elecciones generales, Merkel tardó más de cuatro meses en formar gobierno. Desde entonces su gran coalición ha sido inestable, con amenazas de ruptura incluidas por parte de Seehofer, ministro del Interior, líder de los conservadores bávaros y a ratos imitador de Trump en su empeño por ocupar el espacio de la extrema derecha. Baviera muestra que eso no ha funcionado: muchos votantes que ha perdido la CSU se han ido a los ultras de AfD.

Se ha confirmado una vez más que imitar los mensajes de la extrema derecha termina fortaleciendo a estas formaciones. Como ya hemos dicho otras veces, no se puede vencer a una araña jugando en su propia red. El ejercicio exige otro lenguaje y otras políticas.

Resulta esperanzador el auge de los Verdes, que han quedado segundos con su desacomplejado discurso pro-europeo y sin tics reaccionarios contra los inmigrantes ¿Ocupará esta formación el espacio que pierde la socialdemocracia?

En octubre de 2012, en los peores días de la crisis del euro, miles de manifestantes griegos recibieron a la cancillera en Atenas quemando banderas alemanas con esvásticas y mostrando carteles con la cara de Merkel adornada con un bigote hitleriano. 7.000 policías tuvieron que protegerla. La Europa del 2018 contempla una fotografía distinta: la extrema derecha crece por todos los rincones del continente y curiosamente aquella Merkel caricaturizada de totalitaria es hoy el principal muro de contención para salvar las libertades en Europa.