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Sucedáneo político

Elisenda Paluzie, presidenta de la Assemblea Nacional Catalana (ANC).

ACN / GUILLEM ROSET

Paluzie nos quiere gobernar

Jordi Mercader

El control del territorio por parte de gentes de sonrisas afables es una versión 'light' de la huelga general revolucionaria

La hipótesis más viable para la dirección de la ANC de alcanzar la independencia es la ocupación del territorio por parte de sus seguidores hasta que gobierno y parlamento sigan sus instrucciones. La formulación responde a la seguridad, ampliamente divulgada en octubre del 2017, sobre la existencia de un ejército de voluntarios dispuestos a defender la república en caso de haberse proclamado. No pudo comprobarse tal determinación y ahora es al revés, el voluntariado patriota deberá forzar a las instituciones a hacer lo que ellos piden, en contra del derecho de la mitad de los catalanes. Pretender dirigir el país sin estar legitimado tiene un nombre y no coincide, precisamente, con el ejercicio de la democracia del que tan a menudo hablan los dirigentes de la ANC.

El control del territorio, aprovechando la sintonía con las tesis del presidente Torra y la debilidad de su Gobierno, por parte de gentes de sonrisas afables, es una versión 'light' de la huelga general revolucionaria, un formato que siempre suele acabar mal para la mayoría. Dado que, en este caso, los promotores se creen la vanguardia de la mayoría social, deben pensar que el riesgo es menor y que con un sucedáneo de rebelión popular bastará. Un cálculo tan agradable e ingenuo de la realidad les exime de plantearse los peligros de sus cábalas.  

Algunas independencias recientes se han alcanzado de forma pacífica por la implosión de estados sobredimensionados a sus fuerzas económicas, de mínima cohesión social, cultural o religiosa y consideradas un peligro geoestratégico por las potencias adversarias. Nadie puede pensar seriamente que este sea el escenario de España. Así pues, la alternativa a la negociación del statu quo, infinitamente mejorable, no puede ser un sucedáneo de rebelión, sino otra modalidad de insurrección eliminada del lenguaje político catalán por prudencia. Solo nos queda confiar en que los fans del 155 cuenten hasta 1.000 antes de reclamar su reedición por un simple papel de una entidad desnortada.