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Sobre el 155

Pedro Sánchez y Quim Torra, en el funeral de Montserrat Caballé.

EFE / ANDREU DALMAU

Gobernar es muy difícil

Cristina Pardo

En Catalunya, un año después, sigue habiendo un problema gravísimo con los ciudadanos que no se sienten españoles

Una de las frases más repetidas por Mariano Rajoy, además de "somos seres humanos y tenemos sentimientos" o "España tiene españoles", es aquella de que "gobernar es muy difícil". Tan pronto la usaba para justificar los recortes económicos y sociales, como para aludir a la crisis política en Catalunya. Tenía razón. Un año después de la aplicación del artículo 155, no podemos decir que estemos mejor. La profundidad que debía tener la suspensión de la autonomía provocó grietas en el Ejecutivo del PP. Lo supimos entonces y lo confirmamos después. Sáenz de Santamaría era partidaria de una intervención quirúrgica y otro sector del Gobierno y del partido, encabezado por María Dolores de Cospedal, defendía una aplicación radical, que afectara incluso a TV-3. Durante aquellos días de debate interno, los periodistas nos hacíamos un lío: las mismas fuentes decían en cuestión de horas una cosa y la contraria. Al final, Rajoy optó probablemente por la opción menos traumática, con la disolución del Parlament y la convocatoria inmediata de elecciones. Solo así se garantizaba el apoyo, fundamental, del PSOE.

El artículo 155 provocó profundas heridas en el PP. Durante la campaña de las primarias, el expresidente observó con estupor cómo Cospedal o Pablo Casado enmendaban públicamente su gestión. Su relación no volvió a ser la misma. Se congeló. Tampoco Aznar dejó pasar la oportunidad de criticar su tibieza. Cuestionaron incluso la conveniencia de llamar a los catalanes a las urnas en tan corto espacio de tiempo. Era difícil acertar. Todavía a día de hoy resulta delicadísimo intentar prever qué habría pasado si Rajoy hubiera hecho las cosas de manera distinta. Así son los conflictos políticos dominados por los sentimientos.

Con el cambio de inquilino en la Moncloa, quedó claro que Pedro Sánchez apoyó el 155 sin demasiada convicción. Sin él, hubiera sido casi imposible. Sin embargo, el líder del PSOE no tardó mucho en cambiar el enfoque de su relación con las autoridades catalanas. A veces actúa como si él nunca hubiera estado allí. Y estaba. Un año después, el varapalo que supuso la intervención de la autonomía, los problemas judiciales de los líderes secesionistas y la mano tendida de Sánchez, llueva o truene, han contribuido a dividir al independentismo. Las tres cosas, en mayor o menor medida.

El Estado tendrá que preocuparse algún día por intentar seducir a los votantes de opciones que no son viables hoy por hoy

En mi opinión, la estrategia que están siguiendo estos días Pablo Casado y Albert Rivera, rivalizando por ver quién aplicaría el 155 más rápido y con mayor dureza, es contraproducente. Porque en Catalunya, un año después, sigue habiendo un problema gravísimo con los ciudadanos que no se sienten españoles. Es a esos a los que hay que dirigirse, no a sus políticos. El Estado tendrá que preocuparse algún día por hacerse presente allí, por intentar seducir a los votantes de opciones que no son viables hoy por hoy. Gobernar es muy difícil. En estos momentos, también para Quim Torra. Un primer paso interesante para todos sería no mentir y no sobreactuar.