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Editorial

Extraescolares: una brecha social más

Los ayuntamientos intentan paliar los déficits en las familias más necesitadas y con ingresos reducidos

Escuela de fútbol como actividad extraescolar en Sant Just Desvern. 

Escuela de fútbol como actividad extraescolar en Sant Just Desvern.  / JORDI COTRINA

Tradicionalmente, las actividades extraescolares han sido fruto de la voluntad de los padres -a través de las AMPAS o de centros privados que ofrecen sus servicios- de procurar para sus hijos una educación suplementaria a la recibida en la escuela, tanto por lo que se refiere a una intensificación de las materias lectivas (los idiomas, por ejemplo) como por lo que atañe a otros ejercicios, preferentemente los deportivos. Subsiste en esta idea una doble intencionalidad: ocupar el tiempo libre entre la escuela y el hogar, y facilitar una enseñanza más intensiva, que no todos los ciudadanos pueden permitirse.

En este estado de cosas, surgen además otras circunstancias, como la práctica ampliación del horario escolar a través de las extraescolares, el aumento de familias que no pueden permitirse más gastos y la necesaria e imprescindible conciliación familiar y laboral, y más en tiempos de empleos precarios. Los ayuntamientos intentan paliar los déficits, primero en la franja de población más necesitada y después en las familias con ingresos reducidos (mileuristas), para que la brecha social no aumente.

Aun así, pervive la discriminación. Además, como sociedad, convendría plantearse hasta qué punto se está formando una generación con un exceso de actividades no regladas, un asunto que según los expertos incide negativamente en el proceso de maduración de los alumnos, creando innecesariamente un estrés por acumulación de responsabilidades.