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Dos miradas

Montserrat Caballé en su último concierto en el Liceu en el 2013.

JONATHAN GREVSEN

Una noche en la ópera

Josep Maria Fonalleras

El arrebato amoroso que, en otro contexto sería ridículo, en la ópera se eleva gracias a la poderosa fuerza del canto, a la estricta belleza de un instrumento tal vez innato, pero trabajado con disciplina férrea

Por un azar del destino, fui a ver 'I puritani' mientras la Caballé agonizaba. Lo supe al día siguiente, claro. Como no soy un espectador habitual del Liceu y como me gusta ir a los espectáculos con un poco de documentación en la mochila, había escuchado, unos días antes, alguna grabación de la soprano. Las arias 'Ah, vieni ai tempio', por ejemplo, o 'Vien diletto' o el dúo 'Vieni fra queste braccia', con Alfredo Kraus, que es la que me gustó más, porque para un indocumentado de la ópera como yo, es la más fácil, es decir, la que tiene más posibilidades de quedarse en la memoria musical. Al día siguiente, cuando supe que la Caballé había muerto, aún la entonaba, torpe, en la ducha, porque es una pieza de amor que se te acaba enganchando.

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Después, he leído unas cuantas críticas que no hablan con entusiasmo del montaje, aunque a mí me interesó este cambio de registro temporal y la transposición de una historia inverosímil al Ulster de los años 70 del siglo XX. Como cada vez que he visto una ópera, sin embargo, subsiste una rara sensación de milagro. El arrebato amoroso que, en otro contexto sería ridículo, aquí se eleva gracias a la poderosa fuerza del canto, a la estricta belleza de un instrumento tal vez innato, pero trabajado con disciplina férrea. El triunfo inevitable de la forma precisa que te transporta a un universo desconocido, un planeta donde solo habita la pulcritud y el control de las pasiones.

Temas: Ópera Liceu

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