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ANÁLISIS

Pedro Sánchez firma el acuerdo presupuestario ante la mirada de Pablo Iglesias, en la Moncloa.

JOSÉ LUIS ROCA

Altísimo riesgo

Luis Mauri

El presidente Sánchez tendrá un presupuesto social para agotar la legislatura o bien el candidato Sánchez tendrá un programa para adelantar las elecciones

La legislatura española ha cobrado una nueva textura, más tersa. Una sonoridad más diáfana. El pacto presupuestario del Gobierno con Podemos aleja los focos del guirigay espasmódico y los acerca a un terreno racional.

Sánchez acaba de levantar un estandarte que lo mismo le vale al presidente que al candidato socialista en ciernes. Las medidas acordadas con Iglesias alumbran las cuentas públicas más sociales de la década, una era de dolorosos padecimientos. El foco está ahora sobre esas cuentas: aumento del salario mínimo a 900 euros mensuales, revalorización de las pensiones con el IPC, combate contra la burbuja del alquiler, mejora de las becaspermisos de paternidad y de maternidad iguales, etcétera.

Tras el pacto con Iglesias, el presidente Sánchez tendrá un presupuesto social para navegar hasta el fin de la legislatura o bien el candidato Sánchez tendrá un programa electoral para concurrir a las urnas.

Ni en los sueños más placenteros se le aparece al presidente la posibilidad de contar con el PP o Ciudadanos para hacer realidad sus Presupuestos. La derecha tradicional (PP) habita en el arrebato perpetuo por haber sido desalojada de un poder que consideraba una propiedad exclusiva. Es el mismo despecho del nacionalismo catalán conservador cuando, tras 23 años de gobierno pujolista, fue apeado de la Generalitat por el tripartito de izquierdas de Maragall. En cuanto a la nueva derecha (Cs), todavía trata de sobreponerse a la destrucción de expectativas tras el derribo de Rajoy.

Que los Presupuestos sociales de Sánchez e Iglesias lleguen a ver la luz depende, pues, de ERC y el PDECat. También es imprescindible la contribución del nacionalismo vasco, pero hoy no es realista especular con que el PNV decidiera hacer naufragar las cuentas en solitario.

La fractura soberanista

El Presupuesto está en manos de los independentistas catalanes, precisamente en el momento en que más honda es la fractura del bloque soberanista. Esta vez las partes ni siquiera se afanan en maquillar el divorcio. El corte no es limpio. La divisoria no pasa exactamente entre ERC y JxCat. Dentro de esta última, Puigdemont mantiene una tirantez indisimulable con los pragmáticos del PDECat.

La Generalitat firmó hace dos semanas con el Ejecutivo central el primer acuerdo financiero bilateral en 10 años. El vicepresident Aragonès insiste en que ese pacto es anterior a la negociación de los Presupuestos y que no guarda relación con ellos. Pero sabe sin lugar a ninguna duda que si no hay nuevo presupuesto, el capital acordado no llegará.

Este factor y la fractura independentista juegan  en favor de Sánchez. Pero el presidente sabe también que ERC y el PDECat difícilmente le brindarán el vigorizante que anhela sin un cierto compromiso sobre los presos independentistas. Los presos son el único cemento que une el edificio soberanista y a la vez la roca que bloquea el camino a la distensión. Hay desde hace semanas contactos discretos y cálculos políticos de oportunidad y de coste y beneficio. Un movimiento de altísimo riesgo para Sánchez.