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CISMA INDEPENDENTISTA

El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès (ERC), y el president, Quim Torra, en el Parlament.

ALBERT BERTRAN

Como pollo sin cabeza

Josep Martí Blanch

Tiene razón la portavoz del Govern, Elsa Artadi, cuando apunta con convicción que el estallido de la unidad soberanista en el Parlament no tiene por qué afectar el normal desarrollo de la actividad del Ejecutivo catalán. Aunque debe añadirse una salvedad para validar una afirmación tan categórica. Artadi está en lo cierto solo y siempre que el único objetivo del Ejecutivo sea mantenerse en pie, no tan solo para hacer esto, aquello o lo de mas allá, sino para esperar pacientemente a que desde Waterloo y Lledoners se traslade la orden a Quim Torra de que ha llegado el momento tácticamente propicio de apretar el botón electoral. Si el encargo que tiene el Govern es éste, la 'consellera' de Presidència ha dicho una verdad como un puño y no hay nada que pueda discutírsele.

Lo de esta semana es tan solo el colofón de lo que ya se anticipaba en julio. Antes del verano, Carles Puigdemont ya dejó claro a los suyos que la intromisión del juez Pablo Llarena en el Parlament debía servir para hacer muy visibles las diferencias entre JxCat y ERC. Agosto y septiembre dejaron las cosas en suspenso. Pero finalmente el otoño ha impuesto el calendario y la batalla tabernaria entre los socios de gobierno se ha producido en los términos previstos. El espectáculo de esta semana es el cemento que sirve de asfalto a la pista de aterrizaje de La Crida. Táctica.

La estrategia se ha seguido al dedillo. Si bien en un momento se pensó en elecciones antes de final de año (no pueden descartarse), ahora todo el mundo parece de acuerdo en que el mejor momento -táctica de nuevo- será con las hipotéticas condenas a los presos políticos (seguras, dado el ensañamiento con el que se trata el soberanismo en los tribunales).

Otra cosa es que se pueda llegar tan lejos. Los meses pasan muy rápido para pagar la hipoteca al banco, pero se hacen muy largos y corren muy lentos cuando de lo que se trata es de gobernar en medio de un guerracivilismo soberanista que llevaba tiempo cociéndose y que finalmente ha estallado. Y va a ir a más. Tan sólo hay que escuchar a los protagonistas cuando se sueltan y hablan con franqueza.

Más allá de este mezquino empacho de táctica, que requerirá de mucho digestivo, el otro gran problema que ha de lidiar el soberanismo es su negativa a levantar nuevos liderazgos que complementen y sustituyan a los que el proceso se ha llevado por delante temporal o definitivamente.

¿Se puede hacer política desde la cárcel? ¿Desde Waterloo? Sin duda. Mucha. Buena, regular, mala e incluso pésima. Ahora bien, lo que no es posible es gobernar. Y lo que aún resulta menos razonable es exigir que todo el mundo, incluyendo al President de Catalunya, se comporte como un enano político hasta que se recupere la normalidad. Primero, porque no se sabe cuándo va a recuperarse. Segundo, porque sin liderazgos factibles, posibles, reales y con libertad de movimientos para crecer en la profesión y talla de político se condena al soberanismo al ridículo permanente al obligar a una de sus patas, la institucional, a comportarse como un pollo sin cabeza víctima de las falsas esperanzas depositadas en el amateurismo y en el “entre todos lo haremos todo”.