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ORIENTE PRÓXIMO

El príncipe saudí Mohammed bin Salman. 

AP / François Mori

Arabia Saudí pone las reglas

Albert Garrido

El rey Salman y su heredero, el príncipe Mohamed, disfrutan de una impunidad universal y consentida

Nada sería más saludable para el orbe musulmán en general y para el mundo árabe en particular que la desactivación de la teocracia saudí, una monarquía retardataria, especializada en chantajear a sus aliados y clientes en cuanto insinúan el menor gesto de desaprobación. Eso ha sucedido en el caso de las 400 bombas guiadas por láser con independencia de la poca maña exhibida por el Gobierno español y su rectificación final ante el riesgo cierto de que palacio decidiera en Riad suspender –es algo más que una suposición– el contrato con Navantia para la construcción de cinco barcos de guerra. Puede decirse que Arabia Saudí se arroga el derecho de desencadenar la degollina en Yemen sin que nadie pueda protestar.

Dicho de otra forma: el trono del rey Salman y de su heredero, el príncipe Mohamed, disfruta de algo similar a una impunidad universal y consentida en la que se mezclan los intereses económicos y el impacto emocional entre la feligresía del islam por la condición del soberano de protector de los santos lugares de La Meca y Medina. Y eso a pesar de que el arenal saudí es el foco de difusión del wahabismo, una rama momificada del islam que se remonta al siglo XVIII, que inspira un fundamentalismo agresivo, desprecia los derechos humanos y predica de espaldas a la modernidad y a la autonomía del individuo. Y eso a pesar, también, del vínculo entre el nacimiento, la financiación y las actividades de Al Qaeda y algunas familias saudís con relevante influencia (detrás del 11-S, quizá).

Desprecio por los derechos humanos

El reciente episodio de la ruptura de relaciones entre Canadá y Arabia Saudí a causa de las críticas vertidas por el Gobierno de Justin Trudeau a propósito del desprecio por los derechos humanos de los señores del petróleo no hace más que subrayar la debilidad estructural y la moral de situación practicada por tantos y tantos gobiernos que, ante el riesgo de importunar a los saudís y perder algún pedido o alterar el statu quo en Oriente Próximo, prefieren mirar hacia otro lado mientras la población yemení soporta la matanza y es condenada a la hambruna.

Ni siquiera la desaparición en el consulado saudí de Estambul de un periodista crítico con el régimen es suficiente para movilizar las cancillerías más allá de lo meramente gestual o retórico. En vez de recordar todos los días que en Arabia Saudí las mujeres son ciudadanas de segunda, que la sharia guía la mano de los jueces y que se combate cualquier forma de progreso social surgida en la comunidad árabe, los gobiernos practican una Realpolitik de bajos vuelos sin compromiso ético alguno.

Primaveras árabes

Durante el nacimiento, desarrollo y defunción de las primaveras árabes –el caso tunecino es una excepción–, la incomodidad saudí fue manifiesta visto que alguno de los socios más importantes de la Liga Árabe –Egipto, en especial– estaban en situación de poner en marcha regímenes deliberativos y servir de ejemplo a sus vecinos. La brevedad del experimento islamista en Egipto y el advenimiento de la dictadura de facto del general Al Sisi, el caos libio, el rompecabezas iraquí y la guerra siria acabaron con la intranquilidad saudí. Todo volvió a lo que más le conviene a palacio desde siempre: tener tratos con autócratas sin escrúpulos y sin oposición o servirse de regímenes débiles cuando no fallidos.

En el terreno de juego de esta lógica, el desparpajo catarí para pensar por su cuenta –el diseño de Al Jazira como instrumento de influencia global, los acuerdos con Irán– explica la movilización de la Liga Árabe, sujeta siempre a los designios saudís, para romper con el emirato, que no es más que un actor político disidente. Pero es esta una condición suficiente para la ruptura porque en la idea de arabidad que maneja la casa de los Saud no cabe la discrepancia, no es posible ejercer la soberanía y aún menos mantener alguna forma de colaboración o entendimiento con la rama chií del islam.

Palestina, la causa olvidada

El silencio ominoso de Arabia Saudí o sus protestas apenas simbólicas cada vez que la comunidad palestina es objeto de algún atropello o humillación –el traslado de la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén, la última de ellas– resume la línea argumental de la monarquía saudí. Como las primaveras, como Catar, como la crítica canadiense, como el amago español, como la libertad de prensa, la causa palestina no tiene cabida en el modelo de futuro diseñado por Riad y aceptado por el grueso de Occidente con pasmosa mansedumbre. Sigue en vigor la frase que Franklin D. Roosevelt dedicó al dictador Anastasio Somoza: “Quizá sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. 

Temas: Arabia Saudí