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Ernesto Valverde.

AFP / José Jordán

La paradoja de Valverde

Sònia Gelmà

El entrenador estigmatizado por poco ofensivo ha dado un paso adelante esta temporada

Conservador. No diremos que no se haya ganado ese adjetivo. A Ernesto Valverde no le gustan los riesgos. Le preocupa, efectivamente, mantener una ventaja cuando la tiene. Su temor es tal y su reparo por la estética tan poca que no le importan esos cambios -contra natura para su propia afición- para perder tiempo cuando su equipo gana.

Pero ese Valverde estigmatizado por no ser tan ofensivo como nos gustaría, dio un paso adelante en este inicio de temporada. Cuando el 4-4-2 ya se había asumido con naturalidad -un mal menor en tiempos de guerra- Valverde apostó por el olvidado 4-3-3, con el objetivo de recuperar el talento de Dembélé. El peaje de ese sistema lo paga Coutinho, incómodo en una posición de interior que demanda una presencia en el juego poco habitual en el brasileño.

La inclusión de Coutinho y Dembélé en el mismo once resultaba ambiciosa, era ilusionante sobre el papel. Una apuesta atrevida. En la práctica, el juego resultaba deslavazado. Paradójicamente, resulta que Valverde se pasó de valiente en su apuesta inicial, aunque eso no se lo vaya a reconocer nadie. Los goles en contra no dejaban de llegar y aunque el rendimiento del francés ha sido en general positivo, la falta de equilibrio recordaba a la última etapa del tridente con Neymar.

Vuelta a los orígenes

Valverde encontró una solución en la vuelta a los orígenes, sacrificó a Dembélé y volvió a reforzar el centro del campo. Arthur es la pieza que faltaba para que ante nuestra mirada añorada todo tenga sentido. Esa aguja corta que da continuidad en la labor de croché, que se limita a hilar el juego; tan simple y tan difícil a la vez. El escenario de la primera prueba, con la implicación general que suponía la Champions, resultó definitivo para el éxito. Si el nuevo encaje va a ser un punto de inflexión, lo veremos con el tiempo. De momento, Arthur teje mientras Dembélé se descose en la banda a la espera de que su técnico se acuerde de él.

Tan perdidos estábamos, que el simple hecho de que por fin haya un centro del campo reconocible ha bastado para que la satisfacción haga asumible un cuarto partido de Liga consecutivo sin ganar. Tan encantados estamos con tener un rumbo conocido, que incluso damos por bueno un partido que con otro listón de expectativas no sería nada más que un partido discreto, de mucho control, con un ataque inocuo. El Barça volvió a encajar demasiado rápido en Valencia, y tampoco fue excesivamente afilado en ataque, pero pese a ello, hay un punto de partida desde el cual crecer. Arthur puede ser el Davids que rescató a Rikjaard en su primera temporada: el movimiento a partir del cual se asiente la idea. O quizás la Liga, cabezona ella, nos devuelve a la realidad poco halagüeña de hace unos días.