Dos miradas

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Comienza un nueva edición de Temporada Alta, con joyas preciosas, con orfebrería del alma, con contundentes puñetazos a la conciencia

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Escena de la obra de ’La Traviata’

Escena de la obra de ’La Traviata’

El año pasado, cuando se acababa la 26ª edición de Temporada Alta, Salvador Sunyer, el director del festival, advertía que "TA 2018 no está asegurada". Aparte de las dificultades que hubo en medio de un panorama baqueteado y explosivo, el aviso a navegantes se refería al asunto de los tributos del IVA aplicado a las subvenciones que Hacienda reclamaba (como lo hizo con el Lliure o con el MNAC, por decir solo dos instituciones catalanas) de manera sorprendente y retroactiva y que hacía peligrar la pervivencia de un evento tan importante para el país.

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Pues bien, TA ha vuelto. Y no porque la presión estatal (desproporcionada e incongruente) haya disminuido, sino porque Sunyer aplica una máxima de Gramsci que no ha abandonado desde que nació, con humildad, un festival que ahora ya es una referencia absoluta de la creación contemporánea, del compromiso social y de la implicación de la cultura en el futuro de una comunidad. Ante el "pesimismo de la razón" hay que ejercer "el optimismo de la voluntad". Es decir, no abolir las dificultades que son reales sino oponerse con el tenaz empuje de las ganas de hacer, de cambiar las circunstancias desfavorables. "Vuelve a ser el momento de reclamar que en el mundo artístico -dice Sunyer- no debemos tener ningún límite para decir lo que nos parezca". Este viernes comienza un nueva edición de TA, con perlas, con joyas preciosas, con orfebrería del alma, con contundentes puñetazos a la conciencia.