Ir a contenido

Análisis

El ’president’, Quim Torra, durante su intervención en el acto de este sábado en el Palau de la Generalitat.

ELISENDA PONS

Retórica con efectos

José Luis Sastre

Con un 'president' que sonríe a los CDR, un Gobierno de 84 diputados y la derecha en disputa por ver quién ofrece la reacción más dura, existen riesgos, aunque sean difíciles de medir

En la víspera del 1 de octubre, un amigo me citó en una cafetería del Eixample barcelonés. Me preguntó qué se esperaba en Madrid de la consulta y dudé de que fuera a haberla por la seguridad que tenía el Gobierno en que no llegarían las urnas ni las papeletas. Aquellos días se vieron sonrisas de superioridad -más de las habituales- en Soraya Sáenz de Santamaría, que se esforzaba por aparentar que sabía algo que nosotros no. Resultó, al cabo, que la que no sabía era ella, mandamás del CNI. El caso es que mi amigo dio por hecho, no solo la consulta, sino el efecto inmediato que desencadenaría. 

Argumentos de otros y etiquetas

Al salir del café, noté un doble vértigo. Primero porque tuve la sensación de que nosotros, amigos desde hace tiempo, habíamos hablado con argumentos de otros. Y luego porque observé, mientras expresaba mis dudas, que mi amigo me etiquetaba y, sin distanciarse, se distanciaba. Me redujo a un: 'este es de los que está en contra'. No lo dijo, pero lo supe. Lo supe porque, sin querer, me sucedió lo mismo. Hace un año.

Hace un año de la consulta sin garantías y sin encaje, de la respuesta torpe y desproporcionada del Gobierno, pero hace también un año del cenit de una fractura emocional y social cuyo alcance se percibe aún. Aparece menos en las crónicas porque se mide peor que los efectos judiciales o políticos del 'procés', pero está. Y si en los otros campos la situación se estanca, existe el riesgo de que en este otro ámbito, que es el de la convivencia, la cosa empeore. Por cansancio, por frustración. Por lo que sea. Hay una parte importante de la población a la que se prometió aquello que no se podía dar y quien lo prometió echó a correr sin avisar siquiera a su socio. Un año después hay otro Gobierno y otro Govern y, sin embargo, Quim Torra ha trasladado a la calle el liderazgo: llama a una vaporosa movilización con citas a Luther King y después azuza a los Comitès de Defensa de la República (CDR), quizá pensando en que así gane su favor al fin aunque sea a costa de los Mossos d’Esquadra.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

¿Qué significa que los "amigos" de los CDR tengan que "apretar"? ¿Está pidiendo el 'president', que hasta ahora reivindicaba el diálogo y las sonrisas, nuevas acciones de grupos de encapuchados? Un año después, cuando la situación puede parecer más encauzada, se dan riesgos que no convendría ignorar. Torra, que se tiene por un delegado, delega. En el Gobierno, el ministro José Luis Ábalos rebaja las declaraciones del 'president' "porque son solo palabras", como si el Ejecutivo tuviera otra cosa. No hay más que retórica y la retórica tiene efectos reales. 

Esa es la principal enseñanza de este año: que lo que prometen genera frustración, que sus ánimos encienden o apagan movilizaciones. Con un 'president' que sonríe a los CDR, un Gobierno de 84 diputados y la derecha en disputa por ver quién ofrece la reacción más dura, el escenario contiene riesgos aunque resulten difíciles de medir. Aunque no quieran verlos o sean, en el caso de Torra, producto de su propia responsabilidad. Por mucho que la delegue.