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Un usuario de Whatsapp.

Facha el que lo lea

Miqui Otero

El sábado a las 14.37 horas envié varias fotografías de mi hijo de quince meses a un desconocido.

Dicho así podría parecer que, hartos mis amigos de imágenes del niño y extraviado para siempre mi buen juicio, había decidido gritar a los cuatro vientos hasta qué punto es superdotado ese niño que en esa fotografía toca un tema de Nick Drake con una guitarra de juguete o ingiere fideos por la nariz o lee 'Suave es la noche' de Scott Fitzgerald (el libro está del revés).

La explicación es más sencilla: este verano anoté mal el teléfono de un familiar de mi pareja, como cuando en una discoteca adolescente me daban números falsos o con alguna cifra de más. De ahí que mandara ese pack de instantáneas de padre primerizo a un tipo cuyo avatar de wasap es el escudo del Real Madrid.

El tipo ni me contestó para sacarme de mi error, sino que procedió a incluirme en sus envíos de mensajes colectivos 

El tipo ni me contestó para sacarme del error, sino que procedió a incluirme en sus envíos de mensaje colectivos cada dos o tres horas. Hay en ellos una miscelánea de chistes prejurásicos, teorías conspiranoicas y articulismo séptico. Así, el desconocido comparte conmigo la columna de Sánchez Dragó sobre la exhumación de Franco ("se entierran los cadáveres, pero no lo que éstos simbolizan"), el consejo de no cargar jamás el móvil si hay tormenta, una fotografía de Aznar en traje de luces saliendo a hombros de Rufián, una caricatura de un tipo que ara un patatal con sus genitales después de haber ingerido viagra, un chiste sobre jubilados (según el mismo, practican idiomas -el alemán, con alzhéimer- y se dedican a la investigación -¿dónde están mis gafas?-), otro sobre el conflicto España-Cataluña (que implica a dos gemelos recién nacidos así bautizados: se pide no despertar al primero porque si no el otro "dejaría de mamar") y uno más sobre maltrato de mujeres (el clímax cómico, por así llamarlo, llega con la imagen de una tal Fátima de Melilla con el ojo morado). Vaya, que estoy por compartir el contacto de este desconocido con todos los que estos días debaten sobre los límites del humor, el feminismo o el 'procés'.

Ya ven que no estamos ante la relación de la chica que le explica su pasión al pianista en la novelita 'Carta de una desconocida': "Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque no lo supiste". No hay amor en esta especie de encuentro fortuito, sino más bien un repelús voyeurístico por mi parte, ya que leo ojiplático cada uno de estos mensajes que circulan por los wasaps de miles y miles de personas y que no habrían acabado en mi teléfono (no tengo conocidos que manejen esta mercancía) si no fuera por este azar tan novelesco.

 Sabemos por ensayos como 'El filtro burbuja', pero también por cómo discute todo el mundo en Twitter o por cómo funciona nuestra política institucional, que solo estamos expuestos a las opiniones que nos gustan y que solo oímos lo que queremos escuchar. Difícilmente tenemos la opción de asomarnos a lo que provoca risas o gestos de asentimiento en tantísima gente con la que no compartimos nada.

En un tuit en busca de favs el protagonista le cantaría las cuarenta (en su jerga, le daría un zasca) al facha. En una novela mi protagonista respondería de modo que pudiera conocer más al desconocido hasta involucrarlo en una trama de suspense terrorífico (recuerden que él tiene fotos del bebé). En la vida espero, perplejo, el siguiente mensaje deseando que, ya que parece imposible hacerlos desaparecer por mucho que no los mires, el niño de las fotos que ha generado esta situación no se cruce jamás con el tipo al que se las envié por error ni con los muchísimos que reciben mensajes como los que me envía.