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El presidente estadounidense, Donald Trump. 

BRYAN R SMITH

Primero, América; luego, el resto

Antoni Gutiérrez-Rubí

Trump tiene una idea imperial del mundo, cree que la interdependencia es debilidad y renuncia a su responsabilidad global

El tema central del debate de la 73ª Asamblea General de la ONU es: "Hacer que las Naciones Unidas sean relevantes para todas las personas: liderazgo mundial y responsabilidades compartidas para sociedades pacíficas, equitativas y sostenibles". El discurso de Donald Trump ha ignorado el eje de este año y ha reforzado su apuesta por la unilateralidad y la concepción nacionalista de su política. Trump habló antes las naciones reunidas, pero nunca habló a las naciones unidas en defensa de ideales compartidos. Trump no cree en un mundo interdependiente y comprometido. Su mundo es su patria.

Es la primera vez que esta cita global es presidida por una mujer latinoamericana: la excanciller ecuatoriana María Fernanda Espinosa, que abrió la sesión en español. Este año, también, se celebrará la Cumbre por la Paz de Nelson Mandela y se espera que los estados miembros adopten una declaración política al respecto. Y en la agenda de esta asamblea el tema de la juventud va a ocupar un papel relevante. Trump no utilizó ninguna de las referencias de contexto para su intervención de más de media hora. Habló a los demás, pero no para explicarse sino para reivindicarse. Trump se autojustifica siempre. No pretende ser comprendido, no pretende convencer o sumar, prefiere ser temido, aceptado o soportado.

Estados Unidos rechaza la idea de globalización compartida y, en cambio, abraza la del patriotismo. Aseguró que su nación no se volvería a disculpar por proteger a sus ciudadanos y que él, como líder de los Estados Unidos, no podía permitir dejar las fronteras abiertas y afectar a sus trabajadores. Trump tiene una idea imperial del mundo, cree que la interdependencia es debilidad y renuncia a su responsabilidad global. Como consecuencia de ello su mundo es cada vez más pequeño, cerrado y aislado. Aún así, ofreció su receta competitiva: instó a líderes presentes a “hacer sus naciones grandes de nuevo”, como él lo había hecho con su lema Make America great again. Para ello no dudó en abrumar con datos económicos de su gestión -y exagerar su valoración- hasta el punto de provocar un murmullo hilarante en la sala.  

Trump llegó a esta asamblea con un balance preocupante: el año anterior había liquidado el acuerdo del clima de París, la participación de su país en la Unesco y el Consejo de Derechos Humanos, y cuestionado los tratados comerciales con Europa y el área del Pacífico. Está en plena guerra comercial con China y con una beligerancia inédita con sus vecinos canadienses y mexicanos. Ha liquidado el programa nuclear iraní, ha eliminado los fondos para Palestina, y ha trasladado la Embajada de EEUU en Israel a Jerusalén.

Finalmente, en mayo de este año, el presidente retiró a los EE.UU del acuerdo nuclear con Irán negociado por la Administración de Obama y que contaba con el apoyo europeo. Desde entonces ha estado ejerciendo presión política y económica sobre Teherán.

Trump ha estado en las Naciones Unidas, pero el plural no le gusta. Para él solo hay una nación unida: la suya. Trump es un líder medieval en un mundo global.