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ANÁLISIS

Gil Manzano chequea la jugada que condujo a la expulsión de Lenglet, en el Barça-Girona de Liga.

REUTERS / ALBERT GEA

El VAR, un chivato sin contexto

Sònia Gelmà

Hay un codazo de Lenglet a Pere Pons. Es innegable. Como lo es que el mundo arbitral coincide sin fisuras. Es expulsión, dicen. Roja rojísima. La imagen congelada no ofrece dudas. Ese codo no puede estar tan arriba, es una imprudencia.

Luego está lo que se vivió en el campo. Cómo lo vivió Lenglet. Cómo lo vivió Pere Pons. Y cómo lo leyó inicialmente el árbitro. Una falta sin más del centrocampista del Girona que llega tarde al balón y un encontronazo entre ambos. Ese fue el contexto de la jugada, el que vio Gil Manzano.

Nadie en ese momento intuyó que el árbitro había cometido un error flagrante, claro y manifiesto. Hasta que otro árbitro en una sala rodeado de pantallas -que debe estar atento solo a ratos porque obvió una acción de Semedo que podría ser más roja e imprudente que la de Lenglet- ve un codo donde no debería estar y, a su parecer, un error grosero. Así que avisa a Gil Manzano, que mejor vaya a la banda. Fíjate ahí, ese codo. Ahí, ralentiza. Avanza, retrocede, dale a la pausa, ahí. Bingo. Impacto. Roja. Y Gil Manzano no puede negar que ahí hay un codazo. Y pese al contexto previo, que él ya había juzgado, rectifica.

Ante ese juicio científico e inapelable, solo nos queda contraponer la reacción reveladora minutos atrás de Pere Pons. Rebobina. Justo después de la acción, ahí le tenemos, efectivamente ha recibido un golpe en la cara, se levanta, acepta la falta y se disculpa con Lenglet. En ningún momento interpreta voluntariedad. Porque como cualquiera que haya jugado a fútbol, ni que sea en el patio de la escuela, sabe diferenciar cuando hay mala fe por parte del rival y cuando no.

Las imágenes y el contexto

Un árbitro actúa sobre el campo para poder valorar si un empujón es o no suficiente para ser penalti, si la fuerza de una entrada es o no proporcionada, si hay voluntariedad o no en esa o aquella mano. Todo eso deja de ser válido cuando salta el chivato en su oreja. El VAR le predispone para que revise una acción que ya no es en directo sino que pasa por el filtro de unas imágenes, condicionadas por un ángulo e incluso por la velocidad de las mismas, y la situación pasa a ser otra: el juicio sobre una imagen sin contexto.

Se puede discutir si Gil Manzano acertó. Tampoco el Barça empató por esa expulsión, ya pudo quedarse con diez tras la entrada de Semedo. Pero el riesgo del VAR es que pase a sobrejuzgar toda acción. Y en eso están, ya que por lo visto, les parece que interviene poco. Ármense de paciencia y, si asisten al campo y se quieren enterar de algo, vayan con la radio. Toda pista de lo sucedido apareció unos minutos después: una fotografía en los videomarcadores. Un codo y una cara, la prueba gráfica de la decisión. Suficiente, porque una imagen no miente ¿verdad?