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El conflicto catalán

Salir de la hipérbole

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Salir de la hipérbole

Jordi Nieva-Fenoll

La tensión es difícilmente controlable en la sociedad una vez que se desata, y por ello es muy peligrosa

Cuando oigo hablar a algunos de los diferentes voceros autodesignados que han surgido aquí y allá con ocasión del conflicto catalán, muchas veces me recuerdan a los personajes de Alfred Jarry precursores del teatro del absurdo. Son hiperbólicos, excesivos en los insultos y exagerados en las expresiones que emplean. Carecen de cualquier control, y esa es justamente la esencia de buena parte de las tramas de Jarry, a fin de evidenciar lo absurdo del comportamiento de los personajes hasta para los observadores más necios. Se trata de despertar a la sociedad para que erradique estúpidas y dañinas conductas que tiene perfectamente asumidas.

Mantener el estado de convicción

Sin embargo, en el caso del 'procés' el exceso en los epítetos pretende justamente lo contrario. Cuando unos hablan de “golpistas”, otros de “represores” o “carceleros”, y ambos de “fascistas”, de lo que se trata es de mantener el estado de convicción entre la parroquia propia, propiciando que se conserve la tensión con una simple finalidad electoralista cuando lo hacen representantes políticos, crematística cuando se hace en medios de comunicación, y como culto a la amistad de todas esas personas que simplemente repiten acríticamente lo que oyen de políticos y periodistas en la barra de cualquier bar para que los suyos les aplaudan, o bien buscando gresca, que de todo hay.

En una democracia,
buscar el enfrentamiento solo pretende
romper las libertades

La tensión es difícilmente controlable en la sociedad una vez que se desata, y por ello es muy peligrosa. Soliviantar a “la gente” solo está justificado –y hasta es obligado– en contextos de dictadura, para recuperar las libertades. Pero en una democracia, buscar el enfrentamiento –aparte de las finalidades apuntadas de políticos y periodistas– solo pretende romper las libertades, intentando así que el bando contrario al propio sea exterminado de algún modo. No se sabe muy bien cómo, pero se busca esa desaparición. Si los que propician la tensión pensaran durante un solo minuto en ese 'cómo', probablemente desistirían de su empeño. Los exterminios no son posibles en democracia.

No se puede acusar de “golpista” a quien no practicó la violencia, por muy inquietante que fuera en el plano jurídico y emocional intentar convocar un referéndum para obtener la independencia de un territorio, y finalmente proclamar esa independencia sin un auténtico referendum procediendo antes, durante y después del modo más incomprensible tanto desde el plano jurídico, como desde el plano social o incluso desde la perspectiva estratégica. A los imputados se les puede llamar ingenuos por desobedecer imprudentemente las leyes para simplemente conseguir ganar las siguientes elecciones. Pero no cometieron un delito de rebelión. Ni de sedición.

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Tampoco se puede tildar de “represor” o “carcelero” al Estado, cuando tanto el actual Gobierno como el anterior –se diga lo que se diga– intentan e intentaron que no hubiera presos ni imputaciones por delitos tan graves. El Gobierno anterior también pecó de ingenuidad –y de indolencia política– al judicializar el asunto, y el presente Gobierno, como no puede ser de otro modo, respeta la independencia judicial y la autonomía de la Fiscalía al encontrarse ya el asunto en los tribunales. Y tampoco se puede calificar con esos términos a los jueces y fiscales encargados del caso. Simplemente están impresionados por lo que ocurrió, que sienten como una afrenta a lo que ellos defienden, las leyes, y creen ver en los hechos investigados lo que no sucedió, quizá pensando en un castigo proporcional a su indignación. Ojalá en el juicio, topándose de bruces con la realidad y habiendo pasado ya un tiempo prudencial desde aquel otoño, recuperen la serenidad de criterio y también salgan de la hipérbole de calificar como rebelión lo que fue una simple y puntual desobediencia absolutamente sobreactuada por los representantes políticos de uno y otro lado.

Quizá algún día alguien escribirá una obra de teatro, quién sabe si del absurdo, escenificando todo lo acaecido. Por el momento, valdría la pena salir del escenario y pensar en la platea, para ya entre bastidores planificar la solución que se va a ofrecer al público, y que más antes que después tendrá que llegar por el bien de todos. Y para ello, sin renunciar nadie a sus aspiraciones políticas pero presentándolas con la debida flexibilidad, valdría la pena que las marionetas dejaran ya de pegarse garrotazos. Divierten mucho a niños y adultos infantiloides. Pero amenazan con saltar del escenario a la platea. Hay que evitarlo a toda costa.