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En torno a los plagios y másteres

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Moncloa.

EFE / EMILIO NARANJO

El licenciado vidriera

Olga Merino

La pinza entre Rivera y Casado está convirtiendo a Sánchez en el frágil protagonista de una de las novelas ejemplares de Cervantes

Tiene tintes surrealistas que en un país donde el 40,3% de la población no lee “nunca” o “casi nunca” se haya analizado hasta el dobladillo la tesis de Pedro Sánchez —un trabajo sin lustre académico pero no un plagio— y rastrojado el libro que publicó junto con el economista Carlos Ocaña hasta encontrar 454 palabras copiadas tal cual de una conferencia, sin entrecomillar ni aludir a su autor. Una chapuza por la que al final deberá dar explicaciones, claro está. El ruido no quita la fullería.

Lo paradójico del caso es que el deterioro de Sánchez, la gota malaya en torno al supuesto plagio, venga de la mano de dos aspirantes a la presidencia que también esconden basurilla bajo la alfombra: el uno, Albert Rivera, se decía doctorando sin serlo, y el otro, Pablo Casado, mucho peor, se atribuyó un máster en Derecho Autonómico sin haber ido a clase ni presentar el trabajo final, en una universidad, la Rey Juan Carlos de Madrid, cuyos chanchullos y componendas están causando un daño injusto al sistema educativo superior y a los estudiantes que de verdad se queman los codos. Casado presume, además, de un “posgrado en Harvard”, que en realidad fue un curso intensivo de cuatro días en el barrio madrileño de Aravaca.

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La pinza entre Rivera y Casado, que parecen primos en lo físico y mellizos en lo ideológico, está convirtiendo a Sánchez en una especie de licenciado vidriera, protagonista de una de las novelas ejemplares de Cervantes. Hijo de labriegos pobres, el personaje logra graduarse en leyes en Salamanca, hasta que una amante despechada lo somete a un hechizo: un membrillo envenenado lo trastorna convirtiéndolo en un loco que suelta verdades como puños pero que en su delirio, ay, cree estar hecho de vidrio de los pies a la cabeza. En su fragilidad, vive suplicando que no se le acerque nadie por temor a quebrarse, y por las noches solo se atreve a dormir entre la paja mullida de un almiar. Un presidente de cristal que no tardará en tener que convocar elecciones.