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El primer ministro húngaro, Viktor Orban.

REUTERS / LISI NIESNER

Sacar pecho sin que se rompa

Carlos Carnicero Urabayen

La gestión y el resultado del 'brexit' y de las elecciones europeas marcarán el futuro de continente

Nervios entre líderes europeos. Se aproximan dos fechas clave: el 30 de marzo de 2019 Reino Unido saldrá de la UE y dos meses después – del 23 al 26 de mayo – se celebrarán elecciones europeas. La gestión y el resultado de estos acontecimientos marcarán el futuro del continente.

El éxito o fracaso de ambos dependerán de un ejercicio de contorsión que los líderes ensayan estos días: sacar pecho, reivindicar que Europa es bastante más que un área comercial y está fundada sobre valores y libertades democráticas, pero mostrar la suficiente flexibilidad para evitar un divorcio británico por las malas y una escalada con los díscolos países del este que pudieran desembocar en otros 'brexit'.

Un asunto planea incómodamente sobre la agenda en Salzburgo, aunque, formalmente, no forme parte de ella. La semana pasada el Parlamento Europeo aprobó una resolución pidiendo sanciones contra el Gobierno húngaro de Viktor Orbán por sus ataques contra la democracia. El húngaro forma parte del Partido Popular Europeo (PPE) y ha mantenido una reunión previa con el resto de líderes conservadores, incluido Pablo Casado, cuya formación se resiste a criticar al húngaro.

Los conservadores están divididos respecto a su bestia negra, que no deberíamos olvidar –los políticos cuentan los votos con una excitación perfectamente comprensible– tiene un enorme tirón electoral en su país: hace meses su partido obtuvo casi el 50% de los sufragios. Orbán dice que no se quiere marchar del PPE, pero admira abiertamente al xenófobo italiano Matteo Salvini, con quien podría formar una plataforma de extrema derecha en las elecciones europeas. El húngaro tampoco disimula sus amistades: se ha reunido con Putin antes de la cumbre. Su amigo el presidente polaco se ha visto con Trump.

Defensa desacomplejada

La contorsión europea consiste en pedir por un lado a Orbán que corrija sus tics ultras y por otro profundizar en una agenda migratoria intensamente escorada a la derecha. El acento está puesto en frenar las llegadas –que curiosamente se han reducido un 92% desde 2015– con la colaboración de líderes de dudoso o inexistente pedigrí democrático en el norte de África. Se echa en falta una desacomplejada defensa de la inmigración regular como fuente de progreso y sigue sin ponerse en marcha un sistema de acogida para los refugiados.

La negociación del 'brexit' encara su recta final y la posibilidad de que no haya acuerdo sigue viva. Sería miope regocijarse en el camino a ninguna parte emprendido por los británicos. Los asuntos pendientes son conocidos: una solución para Irlanda del Norte que no rompa los acuerdos de paz y una relación comercial futura que los británicos quieren que sea a la carta.

La justificada firmeza europea corre el riesgo de desembocar en un perverso juego de la gallina, al estilo de la carrera de coches en la película "Rebelde sin causa". Como repite Tusk, en el 'brexit' no habrá ganadores; se trata tan solo de minimizar daños. No compensa llegar hasta el precipicio.