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LA ESTRATEGIA DEL INDEPENDENTISMO

Quim Torra y Artur Mas en la Diada.

ALBERT BERTRAN

Otoño caliente o ducha escocesa

Joaquim Coll

En agosto, los políticos independentistas alimentaron la idea de que tras la vuelta de las vacaciones iban a pasar cosas graves y que a partir de septiembre se entraría en un periodo de tensión in crescendo. Recurrieron también a la expresión amenazante de “otoño caliente”, que iba a iniciarse con la Diada y prolongarse hasta la celebración del juicio a los presos del procés, con momentos álgidos como el 1-O. El president anunció en su enfática conferencia del 4 de septiembre una larga marcha por “los derechos civiles” a lo Luther King, en un nuevo intento de instrumentalizar causas universales justas a favor del separatismo. Por cierto, ayer Clayborne Carson, director del instituto que lleva el nombre del célebre luchador antisegregacionista, descalificó ese uso hipócrita del valor de la libertad que hacen los independentistas. La secesión de una región rica en democracia no es una causa justa y la desobediencia no la legitima en modo alguno, afirma Carson, que niega la más mínima analogía entre la voluntad de romper un Estado y los derechos civiles de los afroamericanos. Fuera de España, cuanto más se escruta al separatismo, más rechazo genera.

Afortunadamente, pese al tono de amenazas de Torra y Carles Puigdemont, no habrá “otoño caliente”. A la parroquia independentista, sobre todo a la que vive en la Catalunya interior, le sigue gustando participar en grandes celebraciones como la Diada, ese ritual de marcar territorio y contarse siempre por cuatro, pero políticamente viven en una profunda desorientación. Tras la manifestación, no pasó nada, y la huelga general que se había anunciado para el 3 de octubre ha desaparecido ya del calendario. Lo cierto es que el procés se acabó el 27 de octubre pasado con la DUI fallida y la aplicación del 155. El imaginario unilateral, que fue el motor del separatismo entre el 2012 y el 2017, se dio de bruces con la realidad. En definitiva, todas las afirmaciones que escucharon de sus líderes, empezando por Oriol Junqueras, sobre la inevitabilidad de la secesión eran mentira. Tras el fin del 'procés', ahora estamos en otra cosa, en una tensión secesionista crónica, muy pesada, que algunos siguen llamando 'procés' pero que no es lo mismo. Dicha tensión ya no se alimenta del sueño unilateral, sino del victimismo sobre los presos y la exigencia de un referéndum pactado.

El problema que tiene el conjunto del independentismo es la falta de estrategia. Como la amenaza unilateral ya no opera, el otoño caliente se convertirá en una ducha escocesa, pero no contra el Estado sino hacia sus propias bases. Un día escuchan a sus líderes hacer un llamamiento a implementar la república (ducha caliente), y al día siguiente afirmar que solo contemplan un referéndum acordado (ducha fría). Y cuando parece que ERC está más cerca de la vía posibilista que los del PDECat, en el Congreso se intercambian los papeles para al final bloquearse mutuamente. Si la lucha electoral entre republicanos y convergentes impulsó al procés hasta el disparate de la unilateralidad, ahora la constante ducha escocesa puede dejar a sus bases más confundidas todavía.

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