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Peccata minuta

Guillem Terribas

Guillem Terribas

Joan Ollé

Estoy convencido de que mi amigo Guillem, 40 años al frente de la Llibreria 22 de Girona, pertenece a la casi extinta raza de los sabios (sic) que saben que el único destino útil de la inteligencia es la bondad

A pesar de que la distancia entre Girona y Barcelona sea exactamente la misma en sentido directo que a la inversa, la inmensa mayoría de veces que he querido disfrutar de la compañía de mi amigo Guillem Terribas (Salt, no Girona, 1951) me he tenido que encaramar a un vehiculo de cuatro ruedas o más que me acercase hasta él, para luego, ya juntos, peregrinar,  a pie, hacia un buen restaurante y hablar, hablar, y aprender.  Este jueves, fue una excepción: Guillem descendió (o condescendió) desde la Plaça del Vi hasta Can Fanga. ¿El motivo? La 36ª edición de la Setmana del Llibre en Català le había concedido el premio “Trajectòria” por sus primeros casi 40 años al frente de la Llibreria 22, sita en los dos patitos  de la gerundense calle de les Hortes.

Y allí, junto a la catedral de 'l'ou com balla', andaban, acompañándole para que no llorase, buena parte de su familia de sangre y tinta -con especial ternura y protagonismo de Martina, con quien el 'avi' Guillem comparte películas y luego lo cuenta en sus libros. Allí estaban Miquel Berga -su primer còmplice y amigo-, Josep Maria Fonalleras (Fono), Imma  Merino, Eduardo Mendoza, Jorge Herralde (a quien Terribas considera el Clint Eastwood del mundo editorial catalán hacia el mundo), el 'conseller' Ernest Maragall,  e incluso el mismísimo y 'ben plantat' Roger Torrent, 'president' del Parlament y cliente de la 22, que parlamentó -y más que bien- sobre el imprescindible papel de mediador del  librero entre el indefenso lector y los monstruos 'best-seller' y Amazone.

Sería más que injusto reducir a Terribas a la simple condición de expendedor de libros, así como condecorarle con el feísimo titulo nobiliario de 'activista cultural'. Ya puestos, prefiero el de 'agitador cultural', ya que nuestro barman siempre ha sabido mezclar en su coctelera las exactas dosis de letra (él, con los suyos, se inventaron en 1981, año del 23-F, el premio de novela corta Just Manuel Casero, dotado actualmente con 2.200 euros del ala),  cine (alma mater, nunca solo, del Cinema Truffaut, enamorado de Ava Gardner y del membrillesco  'Romeo y Julieta' de Franco Zeffirelli), teatro (si Salvador Sunyer, también miembro de la 'colla pessigolla' de Girona y 'capo' de Temporada Alta le ofreciese un papel, seguro que Guillem optaría,  tal vez dirigido por Isabel Coixet o John Ford,  por interpretar a un viejo librero de Umberto Eco o Le Carré.) 

Autodidacto y con cara de tonto del pueblo -como Sunyer-,  con invisible boina 'planiana' y el último botón de la camisa abrochándole la garganta, estoy convencido de que mi amigo Guillem pertenece a la casi extinta raza de los sabios (sic) que saben que el único destino útil de la inteligencia es la bondad. Si no, ¿para qué?