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ANÁLISIS

El seleccionador Luis Enrique da instrucciones durante la goleada a Croacia.

HEINO KALIS

Luis Enrique y el lucero del Alba

Antonio Bigatà

Pues sí, resulta que hay una selección española de fútbol que promete. Después del desastre provocado por la irresponsabilidad de Lopetegui (que ahora  ya está en un club donde eso no les importa), y por la incapacidad técnica infinita de Fernando Hierro, parece claro que en las últimas décadas en España habían seguido naciendo chicos que son excelentes jugadores. Que todo el problema es elegir bien a quienes se lleva a la selección y no ponerlos allí en manos de las personas equivocadas. Hay selección joven y buena. Para nosotros es un equipo que, como el Barça, también se ha quedado sin Xavi e Iniesta, y que adelanta el panorama respecto a cuando asimismo falte Piqué.

En Madrid se desconcertarían si supiesen que no importó nada en Catalunya que hubiese tan pocos jugadores del Barça en la lista para enfrentarse a Inglaterra y Croacia. Ya les expliqué hace poco que empiezan a estar claros los dos niveles diferenciados del fútbol actual; el de los clubs, que son multiétnicos y transnacionales, y el hasta ahora secundario de las selecciones, reducto de las banderas de los países y del nacionalismo más tradicional.

Importa poco porque el actual Barça es un festival de internacionales. Tiene más que nunca, eso da valor al club y enorgullece a su afición. Lo que pasa es que lo son en diversos países. En relación a los jugadores españoles en el Barça es una cuestión de generaciones o quintas, y la penúltima fue demasiado esplendorosa.

Uno de los primeros entrenamientos de Luis Enrique con la selección / JUANJO MARTÍN (EFE)

Ahora al culé le toca vibrar cuando juegan Argentina, Francia, Brasil, Croacia o Uruguay… Sin embargo, a España el Barça le da el mejor jugador de la selección, Busquets, así como al prometedor Sergi Roberto. Y al entrenador. Porque, eso sí, el técnico que tendrá que encarar la necesidad de desarrollar el 'post-tiki/taka' de España es de la esfera 'blaugrana', se llama Luis Enrique e hizo un rodaje de esa misma tarea en el Camp Nou.

Luis Enrique merecía en Barcelona la consideración de El Malcarado por algunas de sus actitudes en el banquillo. O El Antipático, para la prensa que no apreciaba su sorna en los comentarios pospartido y en sus declaraciones en extenso, que le hacían también acreedor a ser tomado como El Soberbio. Pero nadie dudaba sobre si era del Barça o sobre su eficiencia como entrenador.

Por eso ahora sonríe forzadamente mucho en Madrid para caer bien al madridismo que tanto desprecia y que tanto le odia, y a quienes ninguneaban sus ideas como técnico. Pero son los periodistas florentinescos quienes van a tener que seguir sonriéndole hipócritamente si continúa obteniendo resultados como la victoria en Wembley o goleadas similares a las del campo del Elche. En caso contrario la ofensiva está cantada.

Negativo descarte de Jordi Alba

El único indicio negativo que hemos tenido hasta ahora del carácter complicado de Luis Enrique como seleccionador ha sido el descarte de Jordi Alba, quizá el mejor carrilero izquierda del mundo. La razón es mezquina: le ha querido dar un viajecito porque dijo algo que no le gustó: que tácticamente él iba a salir ganando con la salida del técnico asturiano del Barça.

Luis Enrique parece desconocer que dejando fuera de la lista a Alba quien se desprestigia es el seleccionador y no el jugador, y a quien se castiga injustamente es a la selección que él debe proteger. Recapacitará, y Jordi Alba volverá. Seguro. Cuando sea así el único caso que le quedará pendiente por resolver es el de Sergio Ramos, famoso internacionalmente por su antideportividad (el público de Londres fue muy expresivo sobre eso). Su presencia ensucia, en cierto sentido de la palabra, tanto a la brillante selección como a la ilusión que generan sus compañeros, mucho más nobles que él. Ramos ya está como para seguir haciendo sus cosas desagradables sólo en su querido Madrid y con su muy admirado 'Floren', el que callaba cuando Mourinho agredía en los ojos a sus adversarios.