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MEMORIA HISTÓRICA

La resignificación del Valle de los Caídos

Reyes Mate

Para el presidente del Gobierno el Valle de los Caídos no puede dejar de ser un mausoleo de los “mártires de la cruzada”, de ahí que haya que abandonar la idea de que convertirlo en un lugar de memorias compartidas tal y como recomendaba la comisión de expertos y como figura en una proposición de ley presentada por el Partido Socialista en el Congreso en diciembre de 2017. Si no hay manera de que aquellas piedras cambien de significación, lo que procede es dejar, por un lado, la Basílica a merced de sus devotos y transformar, por otro, los columbarios donde yacen más de 33000 restos humanos en un cementerio civil.

Como el destino del Valle está en manos de la resignificación,  habría que preguntarse si es posible cambiar de significación un lugar que nació para honrar a los caídos en el bando franquista. ¿El Valle, nacido para celebrar a los caídos de un bando, puede devenir lugar de la memoria que recuerde el sufrimiento de todos los españoles?

Lo primero que hay que decir es que la resignificación, en lo tocante a lugares de la memoria, es una práctica constante. Ahí están, por ejemplo, los campos nazis, creados como fábricas de muerte para exterminar al pueblo judío y gitano. Hoy son visitados por miles provenientes del todo el mundo. Nadie va a Auschwitz a celebrar la barbarie nazi sino a recordar la memoria de las víctimas. El mensaje que emana de esos lugares toma la forma de llamada a la responsabilidad de los visitantes  para que construyan un mundo donde la barbarie no sea posible.  Jorge Semprún dejó dicho a los jóvenes, desde la tribuna del campo de Buchenwald, que reconocieran en esos campos las raíces de la nueva Europa que él no situaba en Atenas sino “en las experiencias del nazismo y del estalinismo contra las cuales se inició la aventura de la construcción europea”

Los campos han cambiado de significación: no domina ya en ellos la intención de los nazis sino la experiencia de las víctimas; no se les visita para apuntalar la barbarie sino para combatirla. Si eso ocurrió con los campos de exterminio, ara sacrificial de tantos millones de muertos, ¿cómo no va a ser posible en Cuelgamuros donde el obstáculo mayor es una cruz, un símbolo igualmente resignificado? El juego de las resignificaciones es imparable y la prueba más a mano la tenemos en el nombre del lugar donde está ubicado el mausoleo: se llama Cuelgamuros y, sin embargo, su nombre originario, desde el siglo XI, era Cuelgamoros. La desamortización, siglo XIX, cambió nombre tan poco recomendable para facilitar su venta…

Nunca más

La resignificación no es el problema. Lo realmente problemático es que no nos ponemos de acuerdo sobre qué es lo que ahora se quiere significar. Y a esta pregunta sólo le cabe una respuesta. El sentido clave de cualquier lugar de la memoria es el nunca más, es decir, la no repetición. Asociamos ciertamente memoria a verdad y justicia. Sin la mirada de la víctima, en efecto, la percepción de la realidad es incompleta; y sin memoria de la injusticia, no hay justicia que valga. La memoria es todo eso pero sólo si entendemos que es algo más y algo distinto. Lo que la memoria realmente se propone es movilizar las energías de ese lugar para que la historia se haga de otra manera. Y ¿cómo se consigue eso?. Revisando y cambiando la forma de pensar y de actuar de todos y cada uno de nosotros. Eso alcanza a la política, a la ética, al derecho, a la religión…

Pues bien, de entre todas estas herramientas hay una que, según Hanna Arendt, es la más decisiva a la hora de cambiar el rumbo de la historia: el perdón. No lo decía por razones morales o religiosas, sino guiada por una estricta lógica racionalidad política. El perdón, en efecto, consiste en proponer prácticas que no sean reacción a la acción padecida sino una acción liberada de la carga del pasado. La expresión política del nunca más es el perdón porque al interrumpir la lógica acción-reacción inaugura un nuevo tiempo. Es lo que captó Manuel Azaña, en su discurso del 18 de julio de 1938, cuando nos susurraba a las generaciones venideras las palabras “paz, perdón, piedad”. Ahora bien, ¿estamos de acuerdo en que las prácticas memoriales no pueden ir contra nadie porque persiguen el nunca más que a todos interesa o utilizamos, más bien, la memoria como un arma arrojadiza o como un señuelo propagandístico?. Ese es el nudo gordiano que no conseguimos cortar. Por eso instrumentalizamos tanto a la memoria sin respetar su significado.

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