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LA CLAVE

El presidente del PP, Pablo Casado, durante su comparecencia en la sede del partido el pasado 6 de agosto.

CHEMA MOYA (EFE)

Pillados in fraganti

Olga Grau

El resultado de estos diez años de sufrimiento ha cristalizado finalmente en algo positivo: la tolerancia de la sociedad hacia errores o mentirijillas de sus políticos ha caído en picado

Jacqueline Jill Smith fue la primera mujer al frente del Ministerio del Interior del Gobierno británico y la tercera fémina en ocupar una de las Grandes Oficinas de Estado, después de Margaret Thatcher y Margaret Beckett. Pero Jill Smith no será recordada por su gestión de la policía y de la lucha antiterrorista, si no por haber sido apartada de la política en el año 2009 al descubrirse que pagó el alquiler de dos películas pornográficas a cargo de sus dietas.

El suceso se siguió entonces desde España con pasmo y una elevada dosis de envidia por la rapidez con la que se zanjan en el mundo anglosajón los escándalos que afectan a la ejemplaridad de los políticos. Ese mismo año, el juez Garzón había empezado a instruir en España la trama Gürtel que afectaba al PP y que no impidió que ganara las elecciones generales en España en el 2011.

Nadie se imaginaba entonces que el país se dirigía inexorablemente hacia un colapso económico que haría aflorar vergüenzas impensables: el saqueo de las cajas, el escándalo de las tarjetas 'black', las tramas de corrupción inmobiliaria, el expolio del Palau de la Música, el caso del 3% y un largo desfile de actuaciones execrables perpetradas con la connivencia de cargos públicos.

El resultado de estos diez años de sufrimiento ha cristalizado finalmente en algo positivo. La tolerancia de la sociedad hacia errores o mentirijillas de sus políticos ha caído en picado. En pocos meses Cristina Cifuentes ha dimitido por mentir sobre sus estudios y robar un bote de crema barata en un supermercado; una moción de censura se ha llevado por delante al Gobierno de Mariano Rajoy;  y dos ministros socialistas, Màxim Huerta y Carmen Montón, se han visto obligados a renunciar por defraudar a Hacienda y por irregularidades en su máster, respectivamente.

La demanda de ejemplaridad resulta obvia, aunque siga sin calar en el PP. El partido descabalgado del poder se resiste a dejar caer a Pablo Casado, a pesar de que todo apunta a que ha mentido sobre su máster. Alguien debería recordarle el caso de Jill Smith y explicarle que cayó por robar y mentir, no por ver porno.