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Análisis

Diada y cambio de rasante en Catalunya y España

Enric Marín

La paradoja del nuevo escenario es que la clave de la estabilidad la tiene el independentismo

Como ya es tradicional, el curso político ha arrancado con la Diada. Pero la de este año ha tenido una significación especial: ha sido la primera después de los hechos de octubre del año pasado y el posterior encarcelamiento o el exilio de la plana mayor de los dirigentes independentistas. La primera Diada de una nueva fase del conflicto democrático entre el soberanismo catalán y los poderes del Estado. El aperitivo lo puso el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes. Sus referencias a la posverdad o a la relación entre la voluntad popular y el poder judicial guardan la misma relación con la realidad que un monólogo de Groucho Marx, pero el hecho ya no es relevante. Está saliendo del escenario. Como antes Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría. No parece que nadie los eche en falta. La nueva fase del conflicto será gestionada por otros actores políticos, y responderá a unas lógicas diferentes a las que rigieron el ciclo político 2012-2017.

Nuevo escenario en los dos campos 

En el campo del independentismo, la idea de que la salida del conflicto será multilateral y pactada gana terreno cada día que pasa. También que no hay que entrar en el escenario de confrontación civil que sistemáticamente proponen Cs i PP. En cualquier caso, la fantasía unilateral se desinfla inevitablemente, y el político independentista más insistente en explicar que los niños no vienen de París es Joan Tardà. Un hombre con una credibilidad independentista que multiplica por diez a la legión de excitadísimos tuiteros que obsesivamente lo acusan de traidor.

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Las novedades en el campo de la política española no son menores. Con el PP en la oposición y Rajoy y Santamaría jubilados de la política, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias están obligados a pedalear juntos. A la que dejen de hacerlo, caerán de bruces. Pero con eso no tienen suficiente. Necesitan el apoyo de catalanes y vascos. El sendero es muy estrecho, pero es obligado hacer virtud de necesidad. Sánchez e Iglesias son perfectamente conscientes de tres hechos de los que no siempre pueden hacer bandera: en primer lugar, que la sentencia del 2010 fue un desastre colosal; en segundo lugar, que no hay solución que no pase por algún tipo de reconocimiento de la singularidad nacional catalana y el derecho a decidir y, en tercer lugar, que hasta que la judicialización del conflicto no descarrile del todo en Europa, los márgenes de la acción política serán irritantemente estrechos. Y, encima, todos los indicadores apuntan a una desaceleración del crecimiento económico. Mientras tanto, Pablo Casado y un descolocado Albert Rivera han entrado en una severa competición para ganar el trofeo al político carpetovetónico más nacionalista y anticatalán: los dos compiten por el liderazgo de las derechas españolas.

La paradoja del nuevo escenario es que la clave de la estabilidad la tiene el independentismo y, aunque las desconfianzas cruzadas (ERC, JxC, PSOE, Podemos, PNV…) son imposibles de disimular, todos necesitan tiempo. Y, además, el otoño estará presidido por una triste farsa judicial que tendrá pendiente a la opinión pública internacional.

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