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Dos miradas

La manifestación, cerca del Palau de Pedralbes

RICARD CUGAT

Cretinez

Emma Riverola

La mediocridad (o la cretinez) también es no darse cuenta de cómo nos empequeñecemos, sometiendo el presente a un futurible que, quizá, tiene mucho de estafa

Rosa Maria Sardà, esa antítesis de la mediocridad, recordaba en su lúcido artículo sobre la salida de Lluís Pasqual del Teatre Lliure una cita de Gilbert Keith Chesterton: "La mediocridad posiblemente consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta". Terrible sentencia si la aplicamos al momento actual y echamos la vista atrás. Tampoco es cuestión de dejarse llevar por la nostalgia, siempre tendente a difuminar las sombras y dar más brillo a las luces, pero cuesta pensar en la Catalunya de hace 10 o 12 años y creer que ahora somos más grandes que entonces.

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La crisis truncó la vida de muchos y los sueños gestados en la época de prosperidad. De repente, ya no parecía que todo estuviera el alcance de la mano, que la ilusión y el esfuerzo bastaran para salir adelante. "No es una crisis, es una estafa", clamaron las calles. Y ese grito también nos hizo soñar. Porque contenía la semilla de una lucha conjunta contra la injusticia y la desigualdad. Pero las plazas se vaciaron (qué poco recordamos la brutalidad de los Mossos al desalojarlas, ¿para cuándo un documental?) y su eco se acalló. En Catalunya, el vocabulario enfermó de grandilocuencia. Y se quebró la convivencia, imprescindible para la unidad y para plantar cara a todos los que nos quisieron sumisos. La mediocridad (o la cretinez) también es no darse cuenta de cómo nos empequeñecemos, sometiendo el presente a un futurible que, quizá, tiene mucho de estafa.

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