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LA CLAVE

La manifestación, cerca del Palau de Pedralbes

RICARD CUGAT

Tras la calle, la política

Enric Hernàndez

Enardecer a la mitad de los catalanes que anhelan la independencia es una receta ya ensayada y fracasada: ni trajo la república en otoño, ni atrae a la otra mitad a la causa

Por séptimo año consecutivo, el soberanismo ha monopolizado la Diada mediante otra manifestación multitudinaria. La indignación por los encarcelamientos forzados y los voluntarios destierros puede más que el desencanto con los partidos secesionistas por sus promesas rotas. No hay, ni en España ni en Europa, un movimiento tan amplio y cohesionado como el independentismo; tomen nota en los despachos de Madrid. Y, aún así, no es mayoritario en la sociedad catalana, aunque así lo pretendan en las dependencias de la Generalitat.

Desde el 2012, las fuerzas independentistas se han servido de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium como potentes herramientas de movilización ciudadana, orientada a apuntalar su demanda de un referéndum pactado con el Estado, a desplegar las urnas del 9-N y a defenderlas frente a las porras el 1-O. El poder de convocatoria no cesa; su eficacia política real no aflora. 

El público rapapolvo de Elisenda Paluzie (ANC) al Govern, al que exigió que no deje la república solo en manos de la calle y asuma su responsabilidad, refleja el creciente distanciamiento entre el soberanismo civil, impaciente, y el institucional, para muchos diletante. El mismo cóctel explosivo del pasado otoño, cuando Carles Puigdemont cedió a la presiones y renunció a adelantar las elecciones para pasar a la historia como mártir y no como traidor. 

La receta de enardecer a la mitad de la población ya se ha ensayado, con contumacia pero sin éxito: ni bastó para traer la república el pasado año, ni atrae a la causa a la otra mitad de los catalanes. Fiarlo todo, de nuevo, a la propaganda y a la agitación, con las posibles condenas por el 1-O como detonante,  solo garantizaría nuevas frustraciones y una confrontación social al alza.

TRANSACCIÓN, NO IMPOSICIÓN

La función de los políticos no es calentar la calle, sino hacer política. Entender el diálogo no como imposición, sino como transacción. Y asumir que nada fructífero podrá construirse en Catalunya ni en España sin contar con la mitad de los catalanes que anhelan la independencia, pero tampoco de espaldas a la otra media que no la desea

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