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Dos miradas

La mancha de la xenofobia se extiende por Europa al mismo ritmo que decrece en numerosas capas de la sociedad la implicación con el proyecto común

Nunca llegamos a tocar con las puntas de los dedos el sueño de una Europa completamente unida, pero estaba en el horizonte. Era una aspiración compartida de forma mayoritaria y, sobre todo, una suerte de conjura contra una memoria de pesadilla. Ahora, el pasado del horror quiere recobrar el aliento.

El partido racista Demócratas Suecos ha logrado el tercer puesto en las parlamentarias con el 17,7% de los votos y puede convertirse en una pieza decisiva de la política sueca. En Alemania ha habido nuevas marchas racistas. Francia, Italia, Hungría, Polonia, Austria… La mancha de la xenofobia se va extendiendo por el mapa de Europa, al mismo ritmo que decrece en numerosas capas de la sociedad la implicación con el proyecto común europeo y se extiende la simpleza amnésica de los populismos.

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El mecanismo capaz de desatar el horror vuelve a engrasarse. La conciencia y las alianzas de clases se difuminan mientras se elevan en trazo grueso las fortalezas de lo propio. Se magnifican las diferencias, se deshumaniza al otro (por cuestiones políticas, religiosas o, directamente, raciales), se exalta lo propio y se genera cohesión en torno a ese sentimiento, despertando movimientos esencialistas que beben de su idealización. A veces, las quimeras rugen y pisan las calles con fiereza. A veces, se disfrazan de ilusiones. Pero, al fin, no dejan de ser monstruos con hambre. Nada nuevo. Solo que no siempre resulta fácil distinguirlos.

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