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Boris Johnson y Marina Wheeler.

REUTERS / PETER NICHOLS

La batalla por el alma conservadora

Cristina Manzano

El caos político en el que lleva inmerso el Reino Unido desde junio del 2016 tiene su origen en la guerra interna que se libra en el seno del partido 'tory'

Cuentan las crónicas que, tras el referéndum de 1975, por el que los británicos decidieron seguir siendo parte de la entonces Comunidad Económica Europa, el Partido Conservador dejó completamente de lado sus reticencias. El euroescepticismo era cosa de los laboristas.

Hasta que, en 1994, Norman Lamont, hasta poco antes ministro de Hacienda de su majestad, afirmó en un discurso que era “simplista” considerar impensable la salida del Reino Unido de Europa. Desde aquel momento, no solo fue ganando fuerza la idea de un futuro 'brexit' entre algunos 'tories' –sin ellos, el triunfo de Leave no habría sido posible, por mucho que se empeñara Nigel Farage-, sino que se fue abriendo una brecha cada vez mayor entre dos facciones del partido.

Porque el caos al que asistimos ahora, el caos político en el que lleva inmerso el país desde junio de 2016, tiene su origen, en buena medida, en la guerra interna que se libra en el seno del Partido Conservador. Una guerra que va de lucha por el poder, por supuesto, pero también por el alma de una identidad que se vuelve cada día más difusa.

Es la disyuntiva entre soberanía y “repatriación”, entre modernidad y rigidez –la que representa, supuestamente, la UE-, entre la nostalgia por el papel global que una vez tuvo el Imperio y el que podría corresponderle ahora en un mundo mucho más globalizado, pero también de poder más fragmentado, entre una sociedad cosmopolita –sin renunciar a sus rasgos conservadores- y el rechazo al otro que promueve el discurso antiinmigración. Elementos, todos, que estuvieron presentes en la campaña 'probrexit' y que siguen dominando el debate en el seno del partido.

Sin tapujos

Atrapados en unas negociaciones en las que el bando comunitario ha llevado siempre la delantera de la unidad, el gobierno de Theresa May decidió, finalmente, presentar un proyecto de 'brexit' blando. La declaración de Chequers -por el nombre de la residencia de campo de la primera ministra, desde la que se emitió a principios de julio- ha despertado todo tipo de reacciones. Desde los que han respirado, ante las durísimas perspectivas de las consecuencias de no alcanzar un acuerdo, hasta los que se oponen frontalmente. Su consecuencia más visible: la crisis de Gobierno abierta con las dimisiones del ministro para el 'brexit', David Davis, y del de Exteriores, Boris Johnson.

La mejor excusa, por cierto, que Johnson podía haber encontrado para volver a la campaña por el liderazgo del partido sin tapujos. Lo malo es que en esa carrera parece estar entonando su discurso con una nueva melodía: la del populismo más puro y duro. Tal vez se esté inspirando en un Steve Bannon en plena gira europea y que ya ha tenido palabras de admiración hacia el exministro.

La pelea interna sobre el plan de Chequers podría llevar a una radical división del partido. Pero por el bien de los tories, y de la política británica, es de esperar que la deriva populista de uno de los que aspiran a liderarlo -por muy acostumbrados que estemos a sus excentricidades-, se quede solo en una pesadilla de verano.

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