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LA CLAVE

Pedro Sánchez y Ana Pastor, este jueves en el Congreso.

ZIPI (EFE)

Predicar el diálogo...y practicarlo

Enric Hernàndez

Tras apelar al entendimiento, el 'president' Torra está moralmente obligado a aceptar la invitación de Ana Pastor y debatir sobre la independencia en el Congreso

Se cumple un año de los plenos del Parlament en que, subvirtiendo las reglas del juego democrático, la mayoría independentista abolió de facto la Constitución y el Estatut, además de despreciar a los representantes de más de la mitad del electorado. Unas sesiones convulsas, de infamia, de las que las fuerzas separatistas deberían avergonzarse y comprometerse a no repetir. Entre otras razones, porque no cabe invocar el diálogo con el Estado y negar la palabra a los catalanes discrepantes.

Pese al estrépito de soflamas y movilizaciones, que irán en aumento hasta que se sustancie el juicio a los líderes independentistas, el escenario político es menos dramático hoy que un año atrás. Los presidentes Pedro Sánchez Quim Torra, junto a sus respectivos gobiernos, tienen abiertas las vías de comunicación, que en vísperas del 1-O quedaron obturadas. Aún no han dado frutos, pero tampoco se han roto, lo que no es poco teniendo en cuenta la presión que ejerce el independentismo extremo, de un lado, y Ciudadanos y PP, del otro.

En este contexto, cobra especial importancia la invitación que la presidenta del Congreso, Ana Pastor, ha cursado al 'president' Torra para que exponga y debata en la cámara su apuesta por la autodeterminación de Catalunya. Esta vez, a diferencia de las anteriores, la comparecencia del 'president' de la Generalitat no estaría condicionada a que se celebrase una votación llamada a evidenciar el mayoritario rechazo de la Cámara baja al proyecto secesionista.  

UNA GRIETA A EXPLORAR

Que la tercera autoridad del Estado, previa consulta al Gobierno del PSOE, abra las puertas del Congreso a Torra para hablar de la independencia tiene un significado que ni JxCat ni ERC deberían menospreciar. Que la invitación parta de una dirigente del PP, que con Pablo Casado al frente estigmatiza toda aproximación a la Generalitat, refleja una grieta que es inexcusable explorar.

Antes de responder, el 'president' quiere saber si le están tendiendo una encerrona. Un temor razonable, pero que no debería arredrarlo. No caben excusas: quien predica el diálogo y el entendimiento está moralmente obligado a practicarlos.

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