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Al contrataque

Unas prostitutas en una calle de Barcelona.

ELISENDA PONS

El sindicato de las prostitutas

Juan Soto Ivars

Oponerse a la afiliación de putas es tan irresponsable como negar los analgésicos a un enfermo crónico

Tiendo a pensar que cualquier sector en el que los trabajadores sean frágiles necesita la máxima regulación. Echo en falta más paternalismo estatal en neotrabajos basura, como el reparto de Glovo, y diría que también en la prostitución, pero el debate es espinoso y desapacible. Lo demuestra la decisión del Gobierno central de ilegalizar OTRAS, el sindicato de prostitutas que, dicen que por despiste, salió aprobado en el BOE. Beatriz Gimeno, de Podemos, apoya la prohibición: dice que la mera existencia de ese sindicato es una coartada proxeneta. Ada Colau, en cambio, no la apoya, argumentando que sería análogo al de los manteros, y que la existencia de un negocio ilegal no implica que los trabajadores no se unan para velar por sus condiciones.

Que dos feministas de izquierdas tengan posiciones tan irreconciliables es la foto perfecta de un tema al que no se puede venir con ideas preconcebidas. He dicho antes que creo que la regulación es una garantía, pero Alemania ha legalizado y regulado, y esto ha traído un aumento de la explotación de mujeres extranjeras y pobres, además de abonar una industria donde se anima a los estudiantes a "descorchar la botella" para celebrar el aprobado desde las vallas publicitarias. ¿Significa esto que la solución es prohibir y castigar la prostitución, como proponen feministas radicales y católicos practicantes? No. Es lo que pasa en tantos otros países y solo hace la vida más peligrosa para putas y puteros, que siguen currando y consumiendo, pese a la amenaza de multas o cárcel, y, además, tiene la contrapartida de sumergir las cifras en el inframundo de la clandestinidad.

Los problemas de apariencia irresoluble, como la situación de Catalunya, llevan siempre a posiciones excluyentes repletas de puntos ciegos. En el abolicionismo encuentro demasiada utopía y en la postura contraria, tres trampas típicas del pensamiento liberal: 1) dar demasiado protagonismo a la minoría de putas que dicen que trabajan porque quieren ('scorts', prostitutas de lujo, etc.); 2) sesgar el concepto de libertad al terreno pantanoso de la elección, que solo será verdaderamente libre si existen suficientes alternativas para la que elige; 3) relativizar el hecho estadístico de que la prostitución, como la limpieza de portales o la recolecta de tomate en invernaderos, es un sector inmigrante; lo debería ser la prueba de que sus ventajas son muy escasas.

La solución utópica y la pragmática, la del bien mayor y la del mal menor, me dejan la misma sensación de nudo gordiano, pero creo que, mientras haya hombres dispuestos a pagar por follar y mujeres dispuestas (o forzadas) a ofrecerles el servicio, el Estado sería irresponsable si impidiera que ellas se organicen. Por eso creo que oponerse a los sindicatos de putas es tan irresponsable como negar los analgésicos a un enfermo crónico solo porque la meta última sea curar por completo una enfermedad.

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