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Dos miradas

Hay que saber a ciencia cierta qué se esconde en las profundidades de esta ola anti-Lluís Pascual. Y saber qué tipo de política cultural deseamos para el país

Hace más de 40 años, fui al Teatro Municipal de Girona, de 'estranquis', a ver un ensayo del 'Leonci i Lena' que dirigía Lluís Pasqual. No recuerdo casi nada (bueno, sí, aquel escenario mágico y ajardinado de Fabià Puigserver), pero sí recuerdo la energía inaudita con que Pascual marcaba los movimientos, las entonaciones, la voz y las posturas de los actores. Se levantaba del asiento y, empujado por un resorte que solo tienen los genios, los visionarios, se ponía en el lugar del actor y le decía cómo debía hablar y moverse. Cómo tenía que actuar. Era la época gloriosa del primer Lliure, un espacio de juego y de seriedad, de "encuentro dialéctico", como ha dicho el propio Pascual, un tributo a la efervescencia creativa. Escribo esto justo después de su dimisión como director del teatro que él (y unos cuantos más, por supuesto) creó y que ahora es un nido de intereses y confrontaciones, políticas, personales y generacionales.

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La 'consellera' de Cultura ha escrito que es "una decisión que le honra". No sé muy bien qué significa. Hay un mar de fondo donde él ha naufragado, harto de maniobras dudosas, y es aquí donde hay que buscar el honor que debemos a una figura indiscutible de la escena catalana. Hay que saber a ciencia cierta qué se esconde en las profundidades de esta ola anti-Pascual. Y saber qué tipo de política cultural deseamos para el país. Mientras tanto, yo evoco aquel inconmensurable, impetuoso, perenne, entusiasmo juvenil.

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