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GEOMETRÍA VARIABLE

Un aniversario marcado por un peligroso 'impasse'

Joan Tapia

Pese al gran agitacionismo, no es probable que se repitan los muy graves errores del otoño del 2017

Todo lo sucedido en Catalunya desde el pasado 1 de octubre es consecuencia del fracaso estrepitoso de la declaración unilateral de independencia (DUI) del 27-O y de la posterior victoria electoral del independentismo tras la aplicación por el Gobierno Rajoy del artículo 155. Y puede que el resultado del 21-D se debiera en parte a la reacción excesiva del Supremo, con prisiones provisionales, incondicionales y sin fianza.

La DUI del 27-O fracasó porque se produjo sin convencimiento -incluso Puigdemont sabía que no tenía fuerza suficiente-, porque no logró ni un solo reconocimiento internacional, porque los promotores huyeron o se entregaron y porque hubo resistencia cero a la destitución del Gobierno catalán. Es ilustrativo que la bandera española ni llegara a ser arriada por un momento del Palau de la Generalitat.

La derrota del 27-O 

El 27-O mostró que la independencia es imposible por la insuficiente voluntad interna de Catalunya, la firme negativa del Estado y de los principales partidos y el gran rechazo europeo. Pero la derrota del 27-O se vio compensada con el mantenimiento de la raspada mayoría absoluta secesionista el 21-D, lo que le dio derecho -tras unos meses de tiras y aflojas- a seguir gobernando la Generalitat con el Gobierno Torra.

Estamos pues en un empate. La independencia violando la Constitución y el Estatut es imposible, pero el secesionismo sigue gobernando dentro del marco constitucional y afirmando que no renuncia a otra intentona.

Es un 'impasse' que puede explotar cuando el secesionismo -como dice Torra- crea llegado el momento de una segunda DUI, quizás tras la sentencia contra los dirigentes presos, lo que ineludiblemente acarrearía otro 155.

Pero es probable que este escenario catastrófico no llegue a producirse. Primero porque el separatismo sigue en el maximalismo verbal, pero tiene miedo a violentar la ley. Los presos están en prisiones catalanas, bajo custodia del Gobierno Torra que exige su libertad pero que -pudiendo fácticamente- opta por no liberarlos. Lo negativo es que este maximalismo programático impide avances serios en la vía de la negociación y no facilita una sentencia blanda por parte del Tribunal Supremo.  

El otro motivo para un cauto optimismo es que el nuevo Gobierno de Madrid -y en esto si hay mayoría parlamentaria- no desea incrementar la tensión con la Generalitat ni recortar el autogobierno, sino que practica una política de desinflamación como paso previo a una negociación seria si el independentismo renuncia a la separación unilateral y admite que un referéndum centrado en el sí o el no a la independencia es hoy imposible. E inconveniente en una Catalunya que todas las encuestas indican partida por la mitad.

Salir de este 'impasse' será duro, pero -si la razón se impone a las emociones- es más posible que otra intentona unilateral. Cierto, a corto el 'impasse' puede durar, lo que no conviene al progreso de Catalunya (y de España). ¿Cuánto tiempo se puede convivir con esta larga y destructiva inestabilidad? Los electores catalanes tendrán la última palabra.

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