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DISCULPAS PÚBLICAS

Gracias, comandante, muchas gracias

Emilio Pérez de Rozas

La noche que el piloto y la tripulación reconocieron que Vueling es un auténtico caos

Tú llegas y la primera sensación que tienes es que sucederá algo. No algo gordo, que también, sí, sino algo que trastoque tus planes, ni siquiera vacacionales, pueden ser, incluso, de trabajo, aunque estemos en agosto. O casi.

Tú llegas después de haber advertido a los tuyos que el vuelo de Vueling sale, pongamos, a las 16.30 horas “pero quedaros en casa y, cuando despegue o aterrice, os envío un washap, pues esto puede ir para largo”.

No, no puede ir para largo, ¡va para largo! Con Vueling, casi siempre ¿siempre?, vale sí, siempre, va para largo. El caso es que, en efecto, una vez pasado el control de seguridad, donde te quitan el desodorante porque te lo has vuelto a dejar en el trolley, empieza el viacrucis, que comienza con ese aviso insospechado, pero no por ello menos esperado, en la pantalla de vuelos donde te dicen que anunciarán tu puerta de embarque “en 35 minutos”.

Y todo se alarga mucho

Luego, ya sabes, no son 35 minutos, son 45, son 50. Bueno, total, que el asunto se alarga. Se alarga tanto que, cuando te dicen la puerta, casi ni vas, ni te acercas. Bueno, sí, vas, no vaya a ser que esta vez, solo esta vez, sea verdad.

Así que una vez en la puerta, ves que no hay nadie de Vueling. Ni de Vueling ni de la inefable AENA, ¡ojito! con el nombre: Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, es decir, la puta ama ¿no?

Total que como sabes que estamos tratando, hablando, escribiendo y sufriendo a Vueling en este verano histérico, donde la compañía aún es el momento que ha de pedir disculpas, no a mí, que me dejó tirado en Amsterdam, en Munich, en Berlin, en Palma, no, sino a sus clientes, todos, te armas de paciencia.

Y, sí, te enteras del retraso, largo, porque uno de tus hijos, que vive conectado al móvil, o al mundo, te dice que la web de Vueling, que ni siquiera sabes si cuenta la verdad, dice que saldrás, dice, en hora y media.

Luego te cuentan, como les contaron a mis hermanas cuando regresaban de Palma a Barcelona un viernes, 17 de agosto, que un pájaro se había metido en el interior de un motor. ¡Cinco horas de retraso! Llegaron a las 05.20 horas de la madrugada del sábado, cuando salían a las 23.20 del viernes.

Y, por fin, las disculpas

Ahora bien esta vez y no pienso decir el vuelo de Vueling, ni el nombre del comandante, ni el pasaje, ni el destino, ni de donde salíamos, ni cuantos éramos, ni qué día fue, ni a qué hora ocurrió, ni cuanto retraso acumulamos, ni nada de nada, no vaya a ser que provoque la posibilidad de represalias por parte de esa magnífica compañía, incapaz de dar explicaciones (ni excusas) pero muy capaz de tomarse la justicia por su mano con sus pilotos o tripulaciones, se produjo lo que llevaba meses, casi un año, soñando, esperando, deseando, ansiando.

Una vez en el avión, todos sentados, todos atados, todos, el comandante cogió el micrófono y dijo: “Señoras y señores, ante todo queremos pedirles disculpas en nombre de toda la tripulación por el retraso. El retraso ha sido debido al caos operativo de nuestra compañía. Siento decirlo pero es la verdad”.

Y, lo juro, la cabina del avión se lleno de aplausos, de decenas de aplausos, de cientos de aplausos, fue una ovación enorme, larguísima, más grande y sentida que la del Camp Nou cuando Leo Messi celebró su gol ante el PSG, en plan ‘rey león’, en la imagen icónica captada por Santi Garcés, uno de los fotógrafos del Barça. Fue, sí, la ovación que todos, todos, estábamos dispuestos a conceder al primer comandante (o así lo viví yo) que reconociera, en público, que Vueling es, en efecto, un caos.

Gracias comandante, muchas gracias.

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