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Editorial

La división independentista viene de lejos

El cambio de Gobierno en Madrid ha reabierto el diálogo, pero las expectativas son pesimistas

El expresident Carles Puigdemont, en la escalinata del Parlament, el 27-O.

El expresident Carles Puigdemont, en la escalinata del Parlament, el 27-O. / JULIO CARBÓ

El relato que publica hoy EL PERIÓDICO sobre las horas posteriores a la declaración unilateral de independencia (DUI) del 27 de octubre del 2017 confirma la desbandada que se produjo en el Govern y la nula preparación que existía en la Administración catalana para hacer efectiva la DUI. Los datos, muchos de ellos inéditos, reafirman también que la actual división en el seno del independentismo proviene ya desde el mismo día de la DUI.

El desarrollo de los acontecimientos ratifica que no hubo pacto para repartirse prisiones y exilio, como se ha llegado a especular, sino una improvisación constante y una actuación unilateral del expresidente Carles Puigdemont, de cuya huida a Bélgica no estaban informados ni muchos de los miembros de su Gobierno ni la ejecutiva de su partido, el PDECat, a cuya reunión se le esperaba el lunes, 30 de octubre, cuando se encontraba ya en Bélgica. Algunos 'consellers' que acudieron ese lunes al trabajo, como se había acordado, conocieron por la mañana que Puigdemont no estaría en el Palau.

No se trata solo de que nadie descolgara la bandera española del Palau de la Generalitat, sino de que en esas horas se estaba fraguando una fractura del Govern -entre la línea representada por Puigdemont y la encarnada por Oriol Junqueras-, que se había manifestado ya en las caras de ambos dirigentes en la concentración en las escaleras del Parlament.

A la vista de lo sucedido en esas horas -también las primeras de la aplicación del artículo 155-, no pueden sorprender las divergencias entre el independentismo en los meses posteriores a las elecciones del 21-D y el retraso en la elección de 'president', con la prolongación consiguiente de la intervención de la autonomía. La pugna se resolvió al final con la imposición por parte de Puigdemont de su candidato, Quim Torra, que desde el primer momento se ha declarado "'president' custodio" de su mentor. Esta situación anómala se ha traducido en la preeminencia del radicalismo -de momento, solo verbal, eso sí- y en la apuesta por las mismas vías que ya fracasaron.

El cambio de Gobierno en Madrid a consecuencia de la moción de censura ha reabierto un diálogo que estaba bloqueado, pero las expectativas son pesimistas, porque Torra sigue planteando reivindicaciones que sabe que Pedro Sánchez no le puede conceder. Todo ello, además, en un ambiente de creciente crispación por la guerra de los lazos amarillos que los partidos políticos deberían preocuparse por atenuar en lugar de alentar.

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