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Nuevo curso político

Convivencia o guerra de trincheras

MARÍA TITOS

Convivencia o guerra de trincheras

Antón Costas

Los dirigentes del 'procés' no han dicho la verdad sobre la factibilidad de la independencia por caminos no legales

El nuevo curso político amenaza con traer una nueva fase del 'procés': el enfrentamiento civil en las calles. De ser así, la vida social en Catalunya habría cruzado una frontera más peligrosa que la del conflicto político. Mientras este es susceptible de revertir de forma relativamente rápida mediante acuerdos entre partidos, la fractura civil, con la consiguiente quiebra de la convivencia pacífica, es una herida social que una vez producida tarda mucho tiempo en cicatrizar.

Sin embargo, era algo previsible desde que los días 6 y 7 de septiembre pasado la mayoría parlamentaria independentista rompiera todas las normas de la democracia parlamentaria con las leyes del referéndum y de "desconexión". Esas dos decisiones transformaron lo que hasta aquel momento era un conflicto político con el Gobierno y las instituciones del Estado en un conflicto social interno capaz de alterar la convivencia civil pacífica.

Es necesario recordar que la política democrática es la forma civilizada de resolver los conflictos de poder, de lucha de clases y de enfrentamientos entre naciones. Cuando se rompen sus reglas y normas, nos abocamos a otras formas menos civilizadas de resolver los inevitables conflictos de toda sociedad.

Ruptura en septiembre

Eso es lo que ocurrió con esas dos decisiones parlamentarias. Rompieron el consentimiento implícito que, desde las primeras elecciones autonómicas de 1980, los catalanes no nacionalistas habían dado al nacionalismo constitucional y estatutario que practicó Convergència Democràtica de Catalunya durante el largo Gobierno de Jordi Pujol. Ese consentimiento de los no nacionalistas estaba basado en la confianza en que los nacionalistas nunca romperían la unidad con el resto de España y la convivencia pacífica interna. Pero esa confianza se rompió el 6 y 7 de septiembre. 

"¡Hay que frenarles!", pensaron en ese momento muchos votantes no nacionalistas. Y la única manera -o, al menos, la más inmediata- de frenar un ataque es reagrupar fuerzas opuestas alrededor de una opción claramente enfrentada a la primera. Es decir, levantar una trinchera capaz de resistir el embate. La mayoría política relativa que logró Ciudadanos en las elecciones de diciembre del 2017 tiene su causa en las decisiones parlamentarias independentistas del 6 y 7 de septiembre y en el deseo de muchos votantes de responder al ataque desde la trinchera independentista.

El problema con las expectativas exageradas es que cuando se hace evidente que no pueden realizarse generan frustración

Llegados a este punto, me interesa hacer una distinción entre la aspiración a la independencia y el 'procés'. El tener un Estado propio es una aspiración legítima (como lo es la opuesta, la de pertenecer a un Estado centralista de tipo francés). Una aspiración que mantienen muchos catalanes desde una edad más o menos temprana. Una aspiración que, sin embargo, muchos de ellos quieren encauzar por vías legales y pacíficas.

Los dirigentes del 'procés' han utilizado esa aspiración en un sentido oportunista y espurio. No han dicho la verdad sobre la factibilidad de la independencia por caminos no legales. Hablaron de la existencia de una mayoría social, de apoyo internacional y de la permanencia en el euro y en las instituciones europeas y  multinacionales. Y no era así en ninguno de esos supuestos. Alimentaron expectativas que nunca podrían realizarse.

El problema con las expectativas exageradas es que cuando se hace evidente que no pueden realizarse generan frustración. Una frustración que puede llevar a conductas violentas de diverso tipo. Los dirigentes del 'procés' sostienen que el movimiento independentista es pacífico. Y así lo es en la mayoría de los casos. Pero tienen que ser conscientes de que la frustración que ellos han creado es susceptible de generar violencia. Esa es una responsabilidad indirecta que no pueden eludir.

A partir de ahí, la dinámica social se ve conducida por la ley newtoniana que dice que a toda acción se opone una fuerza igual y contraria llamada reacción (en el sentido físico, no ideológico). Cuando entramos en esa dinámica ya no es posible distinguir quién inició la refriega y quién respondió a ella. Este es el riesgo que trae el nuevo curso político.

Necesitamos renovar el contrato social catalán por la convivencia. Pero no será fácil ni rápido. No es posible pedir, y aún menos esperar, que después de un periodo de intenso conflicto pasemos a abrazarnos. Pero, al menos, todos deberíamos intentar ser más amables con la democracia y sus reglas. Porque la alternativa a la convivencia civil pacífica es la guerra de trincheras.

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