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Peccata minuta

Independentistas colocan lazos amarillos en la verja del parque de la Ciutadella.

FERRAN NADEU

El viejo roble

Joan Ollé

Por respeto a los presos y a la inteligencia, dejen unos y otros de jugar como niños tontos a 'plantar i arrencar cebes'. Con las pintadas de antes todo hubiera sido diferente: costaba borrarlas

Esa actual fiebre amarilla de los lazos me recuerda la primera visita de Natàlia, la Colometa de 'La plaça del Diamant', al piso de su futura suegra, la madre de Quim: “'Hi vam anar un diumenge. Tenia la casa plena de llaços. A la clau de la tauleta de nit un llaç, a les claus de cada calaix de la calaixera un altre llaç i un llaç a cada clau de cada porta…'”, premonitoria versión doméstica de lo que está sucediendo en muchos barrios, pueblos y ciudades de nuestra geografía. ¿Podemos deducir, a partir de lo leído, que la práctica del mucho lazo bebe de una tradición literaria netamente catalana y que Mercè Rodoreda es la 'proto-lacera' e ideóloga de este fenómeno? ¿Se imaginan a Arrimadas y Rivera arrancando a mordiscos las cintas de la suegra? Habría que objetar a nuestra tesis que Colometa no precisa de qué color o colores son las cintas que decoran el mobiliario materno, dejándolo más en la forma -probablemente las mismas lazadas con la que ella envuelve dominicales 'tortells' al inicio de la novela- que en el 'pantone'.

Quien sí habla claramente de lazos amarillos -como el submarino, las páginas o la hepatitis- es un viejo cantable norteamericano que coreaban amigos y familiares cuando un ser querido partía hacia la guerra, expresando así su deseo de que volviese pronto. Y vivo, a poder ser.

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Cuentan que los primeros colonos ingleses con destino a América se llevaron en sus bolsas de viaje una canción titulada 'She wore a yellow ribbon'. En 1917, George A. Norton compró los derechos y le cambió el título por 'Around her neck she wears a yellow ribbon'. Ya en 1972, Irwin Levine y L. Russell Brown escriben 'Tie a yellow ribbon und the old oak tree', canción de amor y cárcel que vendió tres millones de discos en tres apenas semanas y sigue vivísima en el imaginario sentimental yanqui. (La secuencia es esta: primero ella lleva una cinta amarilla, luego se la anuda al cuello, para, finalmente, atarla al tronco de un roble). La canción superventas empieza así: “Estoy regresando a casa. Han pasado tres años. He cumplido mi sentencia. Si aún me quieres, sabrás exactamente qué hacer: ata una cinta amarilla alrededor del viejo roble”. Y termina en 'happy end': “!Qué estoy viendo!¡Cien cintas amarillas alrededor del viejo roble!”

Deseo ardientemente -como tantos otros que aborrecemos las chulescas patrañas de Puigdemont, Torra & Co. y no lucimos lacito- que los políticos y políticas salgan de la cárcel. Lo deseamos porque un juez bajo sospecha europea por sus posibles excesos y desproporciones no resulta una autoridad incontestable. Pero, por favor, por respeto a los presos y a la inteligencia, dejen unos y otros de jugar como niños tontos a 'plantar i arrencar cebes'. Con las pintadas de antes todo hubiera sido diferente: costaba borrarlas.