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Dakota Johnson, en Suspiria.

Manías preconcebidas

Desirée De Fez

Confieso que le he cogido manía a 'Suspiria', de Luca Guadagnino, antes de verla. Me da rabia, pero así es. Ese rechazo irracional hacia una película que no he visto me da pie a hablar de ciertas reacciones de las que no me siento orgullosa… pero tampoco puedo evitar. Algunas de esas reacciones me irritan porque, obviamente, son absurdas e injustas con las películas. Otras (que tienen que ver con cómo me siento yo), porque no las entiendo. Entre las primeras estaría la desconfianza hacia obras que no solo no he visto, sino que encima todo apunta a que serán extraordinarias (como 'Suspiria'). También está el deseo inconfesable de que esas películas no sean tan buenas como todo indica (o todos han decidido que sean). Y, en el sentido opuesto, está mi absoluta convicción de que películas que aun no he visto serán obras maestras: estoy segura de que 'The Mountain' de Rick Alverson, presentada en Venecia, es sublime.

Las reacciones caprichosas me confirman que mi relación con las películas está aún viva

De entre las otras reacciones (esas que más que injustas me parecen incomprensibles), la que más me agobia es sentirme mal cuando una película o serie que debería gustarme me deja fría. ¿Por qué? ¿No tengo derecho a que algo aplaudido casi unánimemente no me guste? Es una sensación terrible, sobre todo cuando alguien que te conoce bien ha pronosticado que te encantará. Me ha pasado con 'Heridas abiertas', la miniserie de HBO. No seré yo quien diga que es mala: ni me lo parece ni lo es. Pero reconozco que me llevé una decepción… seguida de un bajón al confirmar que una propuesta que debería entusiasmarme (por el género, los personajes femeninos, Amy Adams, el montaje psicológico y mil cosas) me daba lo mismo.

Durante mucho tiempo pensé que, al dedicarme a la crítica, no podía permitirme esas reacciones. Ya no lo veo así. Por irracionales y caprichosas, no puedo convertirlas en verdades absolutas y usarlas como argumentos para justificar mis opiniones y atacar o defender una propuesta. Parece obvio, pero no sería ni la primera ni la última persona que lo hace. Pero sí puedo (y debo) permitirme esas reacciones porque es parte del juego y porque, por incontrolables y apasionadas, me confirman que mi relación con las películas está aún viva. 

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